Cualquiera puede salir ahora mismo a la calle y preguntarle al primero que se encuentre si prefiere vivir en el presente con lo que tiene, o sacrificar algo hoy para tener más mañana. Es muy probable que la respuesta sea: lo de hoy. Y no lo culpo. Aquí, en Colombia, llevamos décadas aprendiendo que ese mañana esperanzador, lleno de soluciones y de progreso, muy pocas veces llega.
Y sin embargo, hay un discurso que nos pide exactamente eso: que confiemos en que si votamos “bien”, si elegimos “lo correcto”, algún día vamos a vivir en un país donde el Estado nos cuide a todos, donde la salud y la educación sean de verdad universales, donde nadie quede abandonado a su suerte. Un ideal hermoso. Y precisamente por hermoso, muy fácil de vender.
Vender utopías es el negocio político más sencillo del mundo. Nadie está en contra de la justicia social. Nadie defiende la pobreza. Nadie levanta la mano para decir “quiero que las cosas sigan mal”. Entonces el discurso suena espectacular y no encuentra resistencia, porque apela a lo que ya sentimos que merecemos.
El problema no es el ideal. El problema es la base sobre la que se intenta construir.
Porque mientras algunos hablan de transformaciones estructurales y de una Colombia más justa, en la mayoría de los municipios —para no decir en todos— se sigue pagando entre 50.000 y 200.000 pesos por un voto. A veces en efectivo. A veces con un mercadito. A veces en promesas de empleo. Y la gente lo acepta no porque sea ignorante, sino porque ha aprendido, con razón histórica, que nadie va a cambiar su vida. Entonces prefiere el billete seguro de hoy a la promesa incierta del próximo gobierno.
Bibiana Ortega, profesora de ciencia política, describe la compra de votos como una práctica normalizada que ocurre cuando la gente “no tiene ninguna expectativa de que un gobierno haga cambios sustanciales frente a su vida”. Esto no es cinismo. Es la racionalidad de la pobreza.
Y ahí está la contradicción que el discurso progresista no quiere nombrar: le están pidiendo paciencia —y fe colectiva— a personas que viven del día a día. Les están pidiendo que piensen en el largo plazo a quienes nunca han podido darse ese lujo.
La solución no es esperar menos, ni asumir que no somos merecedores de esa utopía. Lo que necesitamos es una ciudadanía que realmente se haga valer para obtenerla. Entender que más allá de las promesas desde un micrófono, lo que se debe exigir son resultados concretos, pequeños, verificables, que vayan reconstruyendo esa confianza rota elección tras elección.
Porque mientras sigamos cambiando votos por cien mil pesos, ningún discurso de transformación va a caber en ese trato.

