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Columna

De cumpleaños a funerarias

“Ahora, sintiéndome ya casi parte del club de veteranos, agradezco a Dios cada día que amanece. Pienso hoy en Ricardo Vélez Pareja...”.

César Angulo Arrieta

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Cuando miramos hacia atrás, descubrimos que la vida no solo se mide en años, sino en los lugares donde fuimos encontrándonos con los amigos. De niños, las reuniones giraban alrededor de cumpleaños, las primeras comuniones o las tómbolas, llamadas hoy con el anglicismo de family day, con globos, pudines y piñatas. En esas épocas no había preocupaciones, solo un bullicio feliz que sabía a bolis de leche con Kola y piononos.

Luego vinieron los tiempos juveniles, aquellos años en los que los encuentros cambiaron de nombre: fiestas, asados, sancochitos de bailes improvisados en las salas y patios de las casas. A veces los padres aparecían con cara de juez justo a la mitad de una canción para recordarnos que los vecinos querían dormir. “¡Bajen ese volumen!”, nos decían. Y entre risas bajábamos el sonido, mientras las suelas de los zapatos rozando el piso emitían un sonido como un ceceo, siguiendo marcando el ritmo sobre las baldosas calientes, resistiéndose a dejar morir la fiesta.

Hoy, casi a los 62 años, entrando en esa etapa donde las canas pesan tanto como los recuerdos y con más de diez años tomando el coctel diario de pastillas de múltiples colores—la de la presión, la del colesterol, la de los triglicéridos, la de la diabetes, las vitaminas y alguna que otra sin nombre—, noto que las reuniones han cambiado otra vez. Ya casi no son en patios ni terrazas, sino en las funerarias. Allí, entre responsos y coronas de flores, aprovechamos para saludarnos, contarnos las últimas noticias y, sin decirlo muy en voz alta, compartir la inquietud que nos ronda a todos: ¿cuándo me tocará a mí?

Recuerdo mi primera experiencia en una funeraria, allá por 1974, en las exequias de mi bisabuelo materno, que tenía 90 años. Escuché a mi padre y a mi abuelo en voz baja decir, medio en broma y cariño: “Le dábamos su roncito todos los días”.

Dentro de este dialecto de honras fúnebres, un viejo conocido, que había vivido mucho tiempo fuera de Cartagena, solía aparecerse en los sepelios, así no conociera al difunto. Lo hacía para saludar a los conocidos personales y repartir su tarjeta de abogado, para actualizarlos de su retorno a la ciudad.

Y mi padre, hombre de buenos tragos y mejores amigos, pertenecía a un grupo que, cuando alguno se “iba”, organizaban una despedida etílica. Dejaban una silla vacía, con un vaso de whisky servido, brindando por el ausente. No lo hacían con tristeza, sino con gratitud al amigo, como un halo de luz que seguía iluminando a sus amistades.

Ahora, sintiéndome ya casi parte del club de veteranos, agradezco a Dios cada día que amanece. Pienso hoy en Ricardo Vélez Pareja, ese ser entrañable que pasó al otro plano, a quien quisimos mucho, lo imagino cantar boleros allá, arriba, con la misma elegancia y alegría de siempre.

Un réquiem por Rica, quien inspiró este relato.

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