Un conocido vivió 40 años con un tumor que nunca supo que tenía. Murió de viejo, tranquilo, sin haberse angustiado un solo día por algo que lo acompañó en silencio toda la vida. Su ignorancia fue, sin saberlo, su mejor medicina, porque nunca se enteró de que algo andaba mal y por eso nunca se martirizó. Apenas los ojos empiezan a ver, el cuerpo empieza a sentir y ahí cobra todo su peso esa frase lapidaria ‘Ojos que no ven corazón que no siente’.

El Ficci, ‘La gorra’ y jovenes de barrios
GERMÁN DANILO HERNÁNDEZLo propio sucede con la vida social. Si no te enteras de lo que la gente habla a tus espaldas, vives en paz. Por eso, quien te lleva los cuentos te hace un mal antes que un bien. Cuando descubres que hablan mal de ti, te martirizas y, aunque tengas piel de cocodrilo y creas que te resbala, siempre queda una cosquillita de tristeza al comprobar la injusticia o ingratitud.
Es la misma ceguera protectora de los enfermos mentales, no son conscientes y tienen la realidad distorsionada. Quizá por eso no los afectan ciertas patologías con la misma frecuencia. Estudios han demostrado que los pacientes con esquizofrenia presentan un riesgo a desarrollar cáncer significativamente menor que la población general. El asunto central es que, mientras no seamos conscientes de algo, no hay problema.
Dice un viejo refrán que ‘En tierra de ciegos, el tuerto es rey’. Los ciegos no ven y no son conscientes de muchas cosas. Quien sí es consciente tiene ventaja sobre ellos, pero cabe preguntarse hasta qué punto el ciego no está mejor que la persona que ve.
Las personas perceptivas llegan a conclusiones que muchas veces no son para bien. Se dan cuenta de la traición, la mentira, la deslealtad, la ingratitud, la incoherencia y el odio que destila la gente, te angustia y te sume en profunda tristeza. Esa congoja representa el verdadero sufrimiento de ser conscientes. La ignorancia, por el contrario, ofrece un refugio temporal, una burbuja de falsa seguridad donde las preocupaciones se diluyen en la incomprensión. Quienes viven al margen de la realidad cruda, a menudo exhiben una serenidad envidiable, ajenos a las tormentas que azotan a los más lúcidos.
Queda la duda de qué será mejor, si la tranquilidad de la ignorancia o el estrés del conocimiento. Cuando la conciencia se desvanece o se altera, el cuerpo parece entrar en un estado de letargo protector, como si el sufrimiento psicológico o la desconexión del entorno actuaran como un escudo invisible contra ciertas agresiones biológicas.
La estadística es innegable. El precio de la verdad es un tributo que todos debemos pagar, de una forma u otra y, aunque doloroso, es también la esencia misma de lo que significa ser realmente humano y estar vivo. Mucha realidad a veces es problemática, por eso el poeta creó su propio mundo y el alcohólico escapa día a día mediante los brebajes de Baco, quizá es justamente para no pagar el precio de su conciencia.
