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Columna

¿PromptFesor?

“Más que formar expertos en prompts, el reto es formar periodistas y pensadores capaces de usar la tecnología sin renunciar a lo esencial: salir, preguntar, desconfiar y, sobre todo, ensuciarse los zapatos...”.

Javier Ramos Zambrano

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“Profe, ya hice el trabajo sobre el Mercado de Bazurto”. Me lo dice tranquilo, como quien ha cumplido una tarea más. El texto está bien escrito y ordenado, porque habla de economía informal, de dinámicas culturales y de tensiones sociales.

“¿Fuiste?”, le pregunto.

Duda un segundo.

“No, pero le pedí a ChatGPT que me explicara todo”.

Ahí aparece el problema. Bazurto es un tema, sí, pero ante todo es un lugar. Es calor, ruido y aparente desorden, pero también es ingenio, rebusque y comunidad. Es la señora que te fía, el vendedor que le saca el cuerpo al regateo, el almuerzo que no aparece en ninguna reseña, pero que todo el mundo conoce. Ninguna de esas historias estaba en su texto.

Durante años, el gran miedo en las universidades fue el plagio o el “mandar a hacer” los trabajos, hoy ese miedo se ha vuelto casi inútil, pues cada vez es más difícil detectar la autoría en la IA. Por eso, muchos profesores han desplazado el foco: “Yo ya no califico el trabajo -dicen-. Yo califico el prompt”.

Suena moderno y hasta sofisticado. Y en parte tiene sentido, ya que aprender a interactuar con sistemas de IA es una habilidad real y necesaria. Saber preguntar también es una forma de pensar, pero no es suficiente. Un estudio del MIT Media Lab advierte sobre la “deuda cognitiva”: cuando el estudiante delega la escritura a una máquina, reduce su actividad intelectual y atrofia el músculo analítico. Un buen prompt no es necesariamente evidencia de comprensión; muchas veces es solo una fórmula aprendida, copiada o perfeccionada con ayuda de la misma IA; es decir, un atajo dentro del atajo.

Ahí es donde la academia corre el riesgo de desplazar el centro de gravedad del oficio. El problema ya no es si el estudiante entendió un fenómeno o contrastó fuentes, sino si supo ‘hablarle bien’ al sistema.

Esta desconexión con la realidad se agrava con lo que investigaciones como ‘Transiciones’ (que analiza los nuevos consumos informativos) han detectado: una tendencia hacia la información fragmentada, rápida e incidental en redes sociales. El resultado es un ecosistema perfecto para la superficialidad, donde los estudiantes reciben datos limpios, sin fricción y, como señala un estudio publicado por el Centro para los Medios, la Tecnología y la Democracia de la Universidad de McGilll, casi siempre sin un origen claro que permita verificar el ‘quién’ detrás del ‘qué’.

No se trata de rechazar la inteligencia artificial; sería absurdo. Es una herramienta poderosa, útil e inevitable. Pero es, en el mejor de los casos, un asistente de escritorio que ordena, resume y sugiere, pero no observa. La IA no se incomoda ni se equivoca en el lugar donde ocurren los cosas.

Por eso, más que formar expertos en prompts, el reto es formar periodistas y pensadores capaces de usar la tecnología sin renunciar a lo esencial: salir, preguntar, desconfiar y, sobre todo, ensuciarse los zapatos. Porque ningún algoritmo podrá reemplazar el sudor de la calle.

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