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Columna

Supervivencia emocional

“Una sociedad en verdad evolucionada debe superar la lógica del conflicto y del estado de alerta permanente...”.

MARÍA INÉS URBANO C.

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En la naturaleza salvaje, el estado de tensión ofrece a los organismos mayores posibilidades de supervivencia y, junto con la capacidad de repartir su atención, puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Esta condición primitiva actúa como un mecanismo adaptativo que prepara al individuo para reaccionar ante el peligro; sin embargo, cuando los estados de alerta se prolongan en el tiempo, dejan de cumplir su propósito defensivo y derivan en efectos nocivos para la salud física y mental.

El contexto social actual impregnado de intensas cargas emocionales, pondera ritmos de vida acelerados e incita a la agitación y a la intolerancia, así como a la toma de decisiones marcadas por altas cargas de impulsividad, que consecuentemente pueden deteriorar de las relaciones humanas.

Estos nuevos escenarios, construidos sobre presiones económicas, políticas, sociales, laborales, tecnológicas e incluso simbólicas, además de enfrentarnos a riesgos materiales, nos obligan a librar batallas silenciosas para preservar nuestro equilibrio interior.

Una buena vida y una convivencia respetuosa son interruptores naturales que permiten desconectarnos de estados de alerta prologados y contribuyen a minimizar los efectos dañinos de la sobreestimulación a la que nos enfrentamos diariamente.

Normalizar una vida acelerada y estados prolongados de alerta equivale a naturalizar situaciones que erosionan el bienestar, debilitan los vínculos sociales y elevan los riesgos para el ser humano, al tiempo que reproducen concepciones equivocadas de rendimiento y, en consecuencia, de éxito.

Saber oponer resistencia a esta avalancha de estímulos se configura como un mecanismo de supervivencia emocional.

Una de las secuelas de las alteraciones de la vida en sociedad es el conflicto que, con independencia de su valoración normativa (positiva o negativa), emerge de la contradicción de intereses y se constituye en un fenómeno de alto impacto capaz de provocar la creación de movimientos sociales y de diversas expresiones de acción colectiva.

Prácticas como la formación en ciudadanía, el respeto por las diferencias, la escucha atenta, la resistencia a la sobreestimulación y la preservación de la capacidad de asombro contribuyen a reconfigurar los criterios de valoración social. Se trata de reestablecer la centralidad de lo humano, alejarnos de la instrumentalización de las emociones, promover el equilibrio en términos de equidad y pensar la existencia en clave de sentido. Así pues, una sociedad verdaderamente evolucionada, a diferencia de un ecosistema salvaje regido básicamente por la sobrevivencia de los organismos, debe aspirar a superar la lógica del conflicto y del estado de alerta permanente como métrica de éxito, para abrir paso a un cambio cultural centrado en la equidad, la dignidad, el bienestar humano y la calidad de vida.

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