En Cartagena, mientras se habla de sostenibilidad y desarrollo urbano, los ecosistemas de manglar están siendo talados e intervenidos por la administración distrital sin que exista claridad pública sobre el alcance, la justificación técnica ni las consecuencias ambientales de estas acciones. Durante los últimos meses se han reportado talas en puntos estratégicos de la ciudad, entre ellos el caño de Juan Angola, particularmente en los tramos comprendidos desde La Unión hasta el canal paralelo; también en áreas cercanas al parque Espíritu del Manglar, incluyendo el sector donde fue inaugurada la Plaza de las Variedades; así como en zonas del barrio Manga y en sectores de la ciénaga de la Virgen. No se trata de hechos aislados, sino de una serie de intervenciones que ponen en riesgo uno de los sistemas ecológicos más importantes de la ciudad.
Los manglares no son un paisaje decorativo ni un obstáculo para el desarrollo urbano. Son infraestructuras naturales que protegen a la ciudad frente a inundaciones, regulan el clima, capturan carbono y sostienen la biodiversidad de los sistemas lagunares. En una ciudad como Cartagena, marcada por la vulnerabilidad climática y por profundas desigualdades territoriales, destruir estos ecosistemas no solo es un problema ambiental, sino también social. Los barrios más expuestos a inundaciones y a deterioro ambiental son, precisamente, aquellos que dependen de estos sistemas para su estabilidad ecológica.
Sin embargo, lo más preocupante no es únicamente la tala, sino la falta de información. Hoy la ciudadanía no sabe con precisión cuántas hectáreas de manglar han sido intervenidas, bajo qué estudios técnicos se han autorizado estas actuaciones, ni cuáles son las medidas de compensación ambiental que se han implementado. Tampoco existe claridad sobre los contratos que han dado origen a estas intervenciones, ni sobre las responsabilidades institucionales en su ejecución. Esta opacidad debilita la confianza pública y pone en entredicho la gestión ambiental del Distrito.
Cartagena no puede seguir avanzando de espaldas a sus ecosistemas. La ciénaga de la Virgen, los caños internos y los corredores de manglar no son terrenos disponibles para la expansión urbana sin planificación, sino el corazón ambiental de la ciudad. Intervenirlos sin rigor técnico y sin transparencia no solo compromete su sostenibilidad, sino que agrava los problemas estructurales que la ciudad ya enfrenta, como las inundaciones recurrentes, la pérdida de biodiversidad y la degradación de sus cuerpos de agua.
La discusión de fondo es clara: ¿qué modelo de ciudad estamos construyendo? Uno que prioriza obras sin considerar sus impactos ambientales, o uno que reconoce que el desarrollo solo es posible si se protege el territorio que lo sustenta. Cartagena necesita una gestión ambiental seria, transparente y basada en evidencia, donde cada intervención sobre ecosistemas estratégicos esté debidamente justificada, monitoreada y compensada.
Hoy, más que nunca, es necesario poner el foco en la protección de los manglares. No como un discurso, sino como una prioridad real de política pública. Porque defender los manglares no es solo una causa ambiental, es defender el futuro de la ciudad.

