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Columna

Autenticidad

“Sartre aporta otra clave: la autenticidad se define por la congruencia entre actos y proyectos personales frente a la presión...”.

Christian Ayola

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Søren Kierkegaard, aunque vivió una vida personal inauténtica, tal vez haya sido uno de los filósofos que más aportó al debate acerca de la autenticidad, definiéndola como una tensión permanente entre lo que somos y lo que nos piden ser. Para Kierkegaard, la autenticidad exige confrontar la incertidumbre, y solo desde esa confrontación puede surgir una existencia verdaderamente propia. Martin Heidegger reformula la cuestión: la autenticidad es el modo en que el ser-ahí proyecta sus posibilidades en libertad, liberándose de lo impersonal que dicta modos de vida repetitivos. Jean‑Paul Sartre aporta otra clave: la autenticidad se define por la congruencia entre actos y proyectos personales frente a la presión externa. Para Sartre, la libertad es vertiginosa y, paradójicamente, eso mismo empuja a muchos hacia la inautenticidad para evitar la angustia de elegir. La autenticidad, entonces, es una tarea ética que exige asumir la libertad y sus consecuencias.

La Escuela de Frankfurt, y pensadores como Adorno, advierten sobre las trampas de la cultura de masas, que homogeniza y erosiona la posibilidad de ser auténtico; y la psicología existencial ha traducido estas intuiciones en diagnósticos sobre la alienación moderna. La autenticidad, en suma, no es un refugio individualista ni una moda estética: es una exigencia práctica que atraviesa la ética y la política. Ser auténtico implica riesgo, soledad y trabajo sobre uno mismo; pero también abre la posibilidad de una vida con sentido, donde las decisiones responden a una voz interior asumida y no a la mera repetición de roles. En tiempos de redes, esa exigencia sigue siendo, más que nunca, una llamada a vivir con coherencia y coraje.

Formulo estas reflexiones por la salida en falso de Paloma Valencia, a quien admiro y aprecio mucho por su defensa denodada desde el Congreso por la seguridad y en contra de la impunidad. No soy analista político -puedo estar equivocado al formular este juicio-, pero creo que fue un tremendo error haberse deslumbrado por los 1.252.371 votos de Oviedo en la consulta, e incluso por los 3.220.417 de ella.

La consulta no es un reflejo de la intención de voto; de hecho, muchos abelardistas y gente del Pacto Histórico votó por ella o por Oviedo. Indudablemente, convertido el resultado en un efecto mediático, tal vez aumente la intención de voto por la senadora Valencia. Pero también su anuncio de unirse a Oviedo trajo muchas decepciones, porque algunos de sus electores se sintieron traicionados por quien se supone enarbola los principios de la colectividad, al intentar unirse a alguien quien no es compatible con los valores que ella representa. Ese acto significó verla despojarse, aunque sea momentáneamente, de su esencia y de su autenticidad. En fin, el verdadero resultado lo veremos en las urnas.

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