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Columna

Terrorismo estatal

“Igual aquí que allá, es la re-feudalización a través de un populista discurso de odio y polarización que invade...”.*

CARMELO DUEÑAS CASTELL

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Hablar era una utopía. En la era de la raza perfecta, él era menos que nada por los defectos con que natura lo había dotado. Su voz frecuentemente ininteligible lo enclaustró en un mundo interior complejo. La herida congénita en la boca, la burla de sus compañeros y la incomprensiva repulsión fueron la horma de exclusión de su escuela. Mientras su mundo, incluido su padre, se embriagaba con la retórica wagneriana y un milenio de poder él era un desplazado. Hasta él se creyó la superioridad que respiraban sus compatriotas. Con el final de la guerra y el macabro holocausto descubrió que palabras como honor y patria habían sido la quimera para encubrir el hechizo tóxico en que todos vivieron. Así, su limitación en el habla y la manipulación hitleriana fueron la fragua de su ideario. Ese fue Jürgen Habermas, filósofo alemán que sobrevivió cirugías de paladar hendido y labio leporino para engrosar las filas de las “juventudes hitlerianas”. Consideró la democracia como la mejor forma de incluir todas las voces para evitar que poder alguno secuestrase la verdad o anulara el buen juicio como le ocurrió a la generación de sus padres. La comunicación y la democracia fueron los pilares en los que promovió lo que él llamaba los tres válidos del acto de hablar: verdad (lo que digo es cierto), rectitud (es apropiado decirlo) y veracidad (sinceridad).

Se dejó morir el pasado sábado, a los 96 años, al ver cumplidos sus más macabros temores: oscuros personajes manipulando el lenguaje para imponer discursos violentos, excluyentes, incendiarios con que camuflan su ansia de dinero y poder. Gobernantes de poca monta a caballo sobre el inmediatismo de las redes sociales tergiversan todo y permean instituciones, organizaciones y conceptos al convertir la diferencia entre mentira y verdad en algo irrelevante y llevarnos al caos que los convierte en los nuevos señores feudales. Lo público es su feudo al trastocar el debate de las ideas en un vulgar culto a la personalidad mediante lealtades tribales que no admiten crítica alguna. Igual aquí que allá, es la re-feudalización a través de un populista discurso de odio y polarización que invade lo cotidiano y destruye cualquier atisbo de solidaridad. Es el ocaso de la democracia deliberativa donde ya no vence el argumento o la idea sino todo lo que sale de boca del señor feudal, quien convierte al pueblo en un vasallo de su política del espectáculo y la manipulación mediática. El debate es sustituido por la masa idiotizada, por la nula aceptación de responsabilidad alguna y la perenne verborrea de que la culpa es del otro. Lo decía Habermas: “La irresponsabilidad por los daños forma parte de la esencia del terrorismo”.

*Profesor en la Universidad de Cartagena.

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