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Columna

El mapa real del poder en el Senado 2026

La segunda realidad es igual de contundente. La derecha no desapareció ni se diluyó. Se reorganizó territorialmente y mantiene un núcleo sólido.

Miguel Eduardo Arenas

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El mapa electoral del Senado 2026 deja una conclusión que incomoda a muchos análisis simplistas: Colombia no se está moviendo en una sola dirección, sino en varias al mismo tiempo.

Cuando se baja al nivel municipal, la geografía política del país revela tres realidades que coexisten y compiten entre sí.

La primera es clara. La izquierda ya no es una fuerza dispersa. Tiene territorio, tiene densidad electoral y, sobre todo, tiene bastiones definidos. El suroccidente del país y los grandes centros urbanos concentran esa fortaleza. Bogotá, Cali, Soacha, Pasto, Popayán, Cartagena, Buenaventura y Barrancabermeja no solo superan el 25% de votación, sino que en varios casos cruzan el umbral del 40%. No es un fenómeno marginal, es una presencia consolidada que se explica por dinámicas sociales, urbanas y de movilización política sostenida.

La segunda realidad es igual de contundente. La derecha no desapareció ni se diluyó. Se reorganizó territorialmente y mantiene un núcleo sólido, especialmente en Antioquia.

Medellín, Bello, Itagüí, Envigado y Rionegro configuran un corredor urbano cohesionado en el Valle de Aburrá donde esta corriente supera el 25% con consistencia. A esto se suman ciudades como Bucaramanga y Villavicencio, donde la derecha compite con fuerza, aunque en escenarios más disputados.

Pero es la tercera realidad la que define el sistema político colombiano y, muchas veces, se subestima en el debate público.

Las maquinarias tradicionales siguen siendo el actor dominante en el territorio. No se trata de una percepción, sino de un dato estructural. En 582 municipios del país, estas redes mantienen la hegemonía electoral. La cifra contrasta de manera contundente con los municipios donde hay dominio claro de la izquierda (52), la derecha (48) o el centro (29). Incluso en los 411 municipios competitivos, la disputa no suele ser entre proyectos ideológicos puros, sino entre estos y estructuras políticas locales con capacidad real de movilización.

El agregado nacional confirma esta lectura. Las fuerzas tradicionales concentran cerca del 37,7% de los votos, por encima de la izquierda (26,3%), la derecha (21%) y el centro (15%).

Es decir, más allá del ruido ideológico, el poder territorial sigue teniendo nombre propio.

Esto obliga a una reflexión más estratégica que ideológica. La izquierda ha logrado consolidar enclaves urbanos intensos, con alta participación y coherencia política en el suroccidente. La derecha, por su parte, mantiene un anclaje territorial robusto en Antioquia y zonas de la región Andina. Pero ninguno de estos bloques, por sí solo, logra estructurar una mayoría nacional sin interactuar con esas redes tradicionales. Ahí está el punto clave. Gran parte del mapa político colombiano sigue organizado alrededor de estructuras que no responden exclusivamente a una identidad ideológica, sino a dinámicas locales de poder, gestión y movilización. Estas redes no son estáticas. Se adaptan, negocian y se alinean según el contexto electoral.

Por eso, de cara a las elecciones presidenciales, hay una advertencia que no debería ignorarse.

Subestimar esos territorios o intentar leer el país únicamente en clave ideológica es un error estratégico. La competencia electoral en Colombia no se define solo en los grandes discursos, sino en la capacidad de construir mayorías reales en el territorio.

En ese contexto, el verdadero liderazgo político no será el que profundice las divisiones, sino el que logre tender puentes entre estas tres Colombias que hoy coexisten: la ideológica, la territorial y la tradicional. La próxima elección presidencial no se ganará solo con identidad, sino con capacidad de articulación.

Ahí es donde figuras como Paloma Valencia pueden jugar un papel determinante. No solo por su peso político, sino por la posibilidad de construir un discurso que conecte regiones, sectores y visiones distintas del país.

Porque al final, más que imponerse sobre el mapa, el reto será algo mucho más complejo: lograr unirlo.

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