comscore
Columna

Los límites del odio

“El médico se compadeció del infortunio de la enferma después que la mujer hiciese un recuento emotivo del caso...”.

Gonzalo J. García

Compartir

El odio es una emoción compleja y una de las más dañinas. A diferencia de la ira, se trata de un sentimiento prolongado, pudiendo instalarse de por vida. No me voy a referir a las fronteras de esta emoción con el delito; trataré de motivar la reflexión, a través de situaciones que marcan el punto final del odio en cuanto a su dimensión ética.

Con el odio se pretende, falsamente, infligir sufrimiento al enemigo. Se sabe que cuando llega a su máxima expresión podría lograr aniquilar al hospedero. Este sentimiento pareciera ser omnipotente, pero hay circunstancias que obligan a detenerse, usar el raciocinio y ceder ante la amenaza cataclísmica a que se ve abocado por su culpa.

El ejercicio de la medicina permite ver cuando el odio termina. Recuerdo el caso de un joven médico que fue acusado por una fiscal por un accidente de tránsito sin consecuencias graves para la víctima en tiempos que no existía el SOAT. Profirió resolución acusatoria contra el médico sin argumentos jurídicos, no actuó en derecho; sus argumentos, de manera extraña, se basaron en las diferencias socioeconómicas entre la víctima y el supuesto victimario y que, por la condición de vulnerabilidad económica del afectado, sin un trabajo formal, y otras, acusaba al médico de ser responsable del pequeño siniestro (el espacio es corto para detallar el caso, pero créanme que es insólito). Esto puso al joven doctor en aprietos y le ocasionó gastos de defensa jurídica; al final resultaron reconociendo sus derechos vulnerados. Pasó un tiempo y el médico sentía que la fiscal se había comportado como su enemiga. Pero llegó un día que, mientras recibía su turno de hospital, se halló de frente con la fiscal tumbada en la cama. La vida de ella estaba en sus manos, pues debía ser sometida a una delicada intervención quirúrgica. Él le recordó que había intentado meterlo a la cárcel. Sin dudar, el médico se compadeció del infortunio de la enferma después que la mujer hiciese un recuento emotivo del caso y finalizara solicitándole perdón, demostrando con esto, que si existía odio entre ellos, a estas alturas llegaba a su fin. Las desgracias inesperadas y lo complejo del destino de poner frente a frente a dos enemistados son posibilidades que ofrecen una reflexión introspectiva de la naturaleza humana compartida a través de un sentimiento.

¿Qué haría alguien en una situación similar cuando su vida, su salud o patrimonio depende de otro ser humano al que sus pensamientos dirigen prejuicios? El caso de una persona homofóbica o racista, por ejemplo, que se enfrenta a una situación como la anterior si del que depende su vida es objeto de alguno de sus prejuicios.

¿Y si se trata del odio a las ideas? ¿En qué situación quedaría un extremista si su vida queda en manos de un contradictor? Chesterton decía que el problema del mundo moderno no es que se odie demasiado, sino que se ama demasiado poco, es decir que se ha perdido el amor ordenado por la verdad. Y sugiere que el resentimiento nace muchas veces de la falta de imaginación moral: no intentar comprender al otro, reducido el mundo a una sola explicación.

Para él, el odio se vuelve peligroso cuando deja de dirigirse a un acto o a una idea y se fija en la dignidad de la persona.

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News