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Columna

Homo evolutus

“Hoy, proliferan los hilos informáticos sin haberse perfeccionado un nuevo instrumento adecuado...”.

Francisco Lequerica

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Surcando la enmarañada ecdótica que replica su contenido, el diagnóstico filológico del mito del Laberinto arroja elementos que trascienden lo narrativo y revelan fallas civilizatorias estructurales que la modernidad técnica exhibe con exponencial y generalizada sintomatología. El concepto mítico de Dédalo funciona como metáfora para un sistema de trayectorias posibles, donde la navegabilidad depende de la presencia de un principio que elucide la distinción de sus rutas. Sin disponer del reservorio estructural que encarna el ovillo, no existe eje ni retorno, con lo que todo trayecto interpretativo deviene arbitrario. De hecho, por cuenta del mito de Teseo, la voz inglesa “clue” (pista o indicio) deriva de “clew” (ovillo); así que la expresión moderna “clueless” —que designa a quien no entiende— significa literalmente estar sin ovillo.

Fuente tras fuente, el desplazamiento narrativo de ovillo a hilo en las manos de Teseo, es el síntoma semántico de una desorientación epistemológica. No es casualidad que el latín “filum” —el hilo, cuya fertilidad etimológica sobrevive hasta en lo figurativo— haya desplazado al griego ático “tolýpē” —el ovillo, cuya única aplicación moderna yace en la taxonomía entomológica—. En esencia, el genio romano aplanó el mundo para asimilarlo, optimizarlo y dominarlo, traduciéndolo a la linealidad jurídica, arquitectónica, conceptual y administrativa. Aprovechando la sizigia etimológica del latín “evolvere” —que significa desovillar o desenrollar— podría llamársele “Homo evolutus” al humano reducido a una secuencia procedimental, que consuma la apoteosis técnica denominada evolución como despliegue sin mapa, origen ni rumbo discernibles.

Los sistemas algorítmicos —genuinos epítomes de lo filiforme— generan tramas verosímiles que aparentan poseer la densidad de topologías sólidas. La propagación explosiva e indefinida de hilos que no salen de ningún ovillo produce un campo ilegible, formalmente indistinto, donde se conserva toda vez una ilusión de orientación. La convergencia lexical entre significado y orientación, que trasciende los idiomas indoeuropeos —en español, la palabra “sentido”— y se observa hasta en lenguas orientales, sugiere que es mayor el reto epistemológico que el técnico.

La cognición humana siempre ha operado mediante instrumentos externos —como el lenguaje, la escritura o el cálculo— puesto que todo sistema operativo depende de herramientas especializadas. Hoy, proliferan los hilos informáticos sin haberse perfeccionado un nuevo instrumento adecuado para su orientación. Empleando la filología como dispositivo prescriptivo tras comprobar su utilidad diagnóstica, podría sugerirse el rescate lexical de la “tólipe” —esdrújula y con género gramatical original—: nombrar el ovillo es el primer paso para recuperarlo.

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