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Columna

Entre extremos y mayorías dispersas

“Cuando el centro se diluye, los extremos ocupan el escenario. Y cuando eso ocurre, el debate democrático deja de ser...”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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Luego de conocidos los resultados de las elecciones del pasado 8 de marzo, pueden extraerse algunas conclusiones preliminares.

Grandes ganadores. El Pacto Histórico, Salvación Nacional y el Centro Democrático, que aumentaron sus curules. Iván Cepeda, quien se consolida como una de las figuras más fuertes de la izquierda. La Gran Consulta, que superó incluso las expectativas de sus propios promotores. Y, de manera particular, Paloma Valencia, que entra de lleno en la disputa presidencial, y Daniel Oviedo, cuya votación lo convirtió en la revelación de la jornada.

Ganadores silenciosos. El discurso anticorrupción, representado en Daniel Briceño, el congresista más votado, y el llamado “Elefante Blanco” —Luis Carlos Rúa—, activista y nuevo congresista que denunció obras públicas inconclusas. Y, finalmente, la institucionalidad electoral, que volvió a cumplir con solvencia su papel democrático.

Grandes perdedores. Roy Barreras y Daniel Quintero, quienes no lograron cumplir sus propias expectativas electorales. Claudia López, que también sale debilitada. Igualmente, Katherine Miranda, Jorge Robledo y Angélica Lozano, cuyas voces críticas y debates seguramente harán falta en el nuevo Congreso. Y el partido Comunes (ex-Farc), que no obtiene ningún escaño en el Senado.

Perdedores silenciosos. Sergio Fajardo, quien quedó atrapado en una interpretación del centro como un espacio vacío e indefinido, acompañada de cierta superioridad moral que le impidió construir alianzas más amplias. El discurso presidencial sobre un supuesto fraude electoral. Y Abelardo De la Espriella, cuya aspiración política parece perder terreno frente al liderazgo emergente de Paloma Valencia.

Concluidas las elecciones, el debate ideológico parece organizarse ahora en tres grandes flancos. Por un lado, el discurso que promueve un mayor intervencionismo estatal, la ampliación de los derechos sociales y la reivindicación política de sectores históricamente excluidos —comunidades LGBTIQ+, movimientos feministas, pueblos indígenas y afrodescendientes, animalistas y ambientalistas—, para lo cual algunos proponen incluso una asamblea constituyente. Este discurso se articula, en buena medida, con el voto duro de la izquierda. En el otro extremo aparece el discurso que sostiene que los problemas del país se resuelven derrotando políticamente a la izquierda e instaurando un modelo centrado en el orden, la seguridad y mayores garantías para la empresa privada y el mercado. Esta narrativa se alinea con el voto duro de la derecha.

Finalmente, está el discurso de los moderados que, aunque recela de la radicalidad de ambos extremos, permanece fragmentado. Un centro político atomizado y disperso que nadie ha logrado articular y que hoy se expresa como una suma de “mayorías minoritarias” sin capacidad real de poder. Cuando el centro se diluye, los extremos ocupan el escenario. Y cuando eso ocurre, el debate democrático deja de ser una conversación entre adversarios para transformarse en una disputa entre enemigos. La gran pregunta es si en las próximas semanas seguirán radicalizándose los extremos o si surgirá alguien capaz de convertir ese centro disperso en una verdadera opción política.

*Profesor universitario.

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