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Columna

¿Quién construye la ciudad?

“Pregunta incómoda: ¿de qué sirve conservar edificios si la población que les da sentido desaparece?...”.

Javier Pimienta

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En Cartagena hablamos con frecuencia del POT, del PEMP y de conservar el Centro Histórico. Pero rara vez nos preguntamos algo más profundo: ¿quién construye realmente la ciudad? ¿La norma que se redacta en un escritorio o la comunidad que la habita todos los días?

El PES Vida de Barrio de Getsemaní introduce una mirada distinta. Es importante decirlo con claridad: un PES no modifica por sí mismo los usos del suelo ni redefine índices de construcción. Esa competencia la tienen el PEMP del Centro Histórico y el POT. Sin embargo, el PES sí cumple un papel decisivo: otorga legitimidad social, cultural y patrimonial a una visión de territorio que debe reflejarse en esos instrumentos.

La Ley General de Cultura (Ley 397 y decretos 1080 y 2358) refuerza la articulación entre patrimonio y ordenamiento territorial y reconoce que la protección cultural no puede aislarse de las decisiones urbanas. Incluso establece la prevalencia de las disposiciones de conservación al momento de adoptar o ajustar los instrumentos de ordenamiento. El patrimonio no es un adorno normativo: es un determinante de la planeación.

Aquí surge la pregunta incómoda: ¿de qué sirve conservar edificios si la población que les da sentido desaparece? ¿Puede hablarse de salvaguardia cuando el tejido social se fragmenta y la vivienda se reemplaza por usos turísticos?

La innovación del PES de Getsemaní radica en su carácter urbano. No solo protege expresiones festivas o saberes tradicionales. Reconoce como manifestación cultural un sistema de vida: la relación histórica de una comunidad con un territorio patrimonial. Sus residentes no son un elemento decorativo; son los portadores vivos de la cultura que se busca salvaguardar y quienes garantizan su transmisión intergeneracional.

Esa escala transforma la discusión. Mientras el POT ordena la ciudad completa y el PEMP regula un entorno patrimonial amplio como el Centro Histórico, el PES introduce una lectura desde abajo.

En Getsemaní, donde la presión turística ha sido intensa, esta reflexión es urgente. El mismo atractivo cultural que convirtió al barrio en destino global amenaza hoy su sostenibilidad. Si la planeación urbana no asume que la permanencia, e incluso la llegada de nuevos residentes comprometidos con la vida barrial, es condición para preservar el patrimonio inmaterial, la protección quedará reducida a fachadas y la ciudad a escenografía. Construir ciudad desde el barrio no es romanticismo ni nostalgia. Es entender que la resiliencia urbana depende de comunidades vivas, diversas y con arraigo. El PES no sustituye al POT ni al PEMP, pero puede orientar su sentido. Y esa puede ser su mayor contribución: recordar que la ciudad no se protege solo con normas, sino con comunidad; no solo con regulación, sino con gente.

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