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Columna

Voluble…

“El optimista de siempre se alegra por la transparencia y paz que imperaron y que acallaron a algunos malquerientes...”.

CARMELO DUEÑAS CASTELL

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Él, bufón de profesión, se mofaba de los maridos cornudos y de los padres de las múltiples damiselas objeto de las pasajeras aventuras de su amo, el Duque de Mantua. Un mal día, uno de esos padres lanzó una premonitoria maldición contra el bufón. Este mantenía a su hermosa hija, Gilda, apartada del mundanal ruido, con las resultas que los chismosos de siempre pensaban que era su amante.

El duque cortejaba a escondidas a Gilda haciéndose pasar por estudiante. Algunos convencieron al bufón de secuestrar a la amante de turno. El duque estaba triste por la desaparición de Gilda. Tarde se enteraron el duque y el bufón que la hija del uno y la amante del otro eran la misma persona. El duque canta la famosa aria La donna é mobile (“La mujer es voluble”…).

Entretanto, el bufón, Rigoletto de nombre, se entera por su propia hija del gran amor que profesa por el duque. De inmediato contrata un sicario para matar al duque. Ella, enamorada perdidamente, decide disfrazarse y sacrificar su vida. El sicario, pagado por Rigoletto, asesina a Gilda por error y se la entrega en un saco al bufón.

La hija muere en brazos de Rigoletto y este recuerda la maldición cumplida. Lo anterior resume la hermosa obra de Giuseppe Verdi. El autor italiano se había basado en “El rey se divierte”, de Víctor Hugo, en la cual criticaba a Francisco I, rey de Francia, famoso por sus contrastes de humanista renacentista y monarca sin vergüenza y promiscuo. Más de trescientos años habían pasado desde los famosos deslices de Francisco, pero la monárquica censura se ensañó sobre la obra de Víctor Hugo. Y algo similar iba a ocurrir con el estreno de Rigoletto. Por ello Verdi aceptó cambiar partes de la obra que algunos tildaban de inmoral.

Así, el escenario no fue Francia sino Italia y trastocó el nombre del monarca por el del Duque de Mantua. Solo así pudo vencer la rigurosa censura y estrenar la ópera un día como hoy, el 11 de marzo de 1851, en el teatro Fenice, en Venecia. La traigo a cuento por los recientes comicios. El optimista de siempre se alegra por la transparencia y paz que imperaron y que acallaron a algunos malquerientes, cuyos retorcidos motivos llevaron a cuestionar nuestro sistema electoral desde la más alta esfera del Gobierno.

Pero, además, llama la atención el abstencionismo y lo inconstante e influenciable que es la opinión pública que en su movimiento pendular voltea a izquierda y derecha mientras un inútil centro se niega a reconocer que la victoria puede estar en sus manos. Pues la opinión, cual veleta, mudable e inestable, es fácil presa de oportunistas y es, como dirían Francisco I, Víctor Hugo o Verdi, “voluble como una pluma al viento, cambia sus palabras y sus pensamientos”.

*Profesor en la Universidad de Cartagena.

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