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Columna

Leedores y lectores

Y la pregunta incómoda sigue intacta: ¿estamos formando lectores o simplemente acumulando leedores?

Elena Chafyrtth

Periodista Cultural. Graduada en Lingüística y Literatura en la Universidad La Gran Colombia. Trabajó en Casa Editorial El Tiempo y formó parte de la revista Bocas. Actualmente escribe sobre música, cine y reseñas literarias en diversos medios del país como El Espectador y Revista Cambio. Se declara melómana del son cubano y el guaguancó.

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En Colombia celebramos cada décima que suben los índices de lectura como si fuera una victoria cultural. El DANE reportó a comienzos de 2024 que el promedio de libros leídos por persona al año se situó entre 3,7 y 3,75. Hace algunos años la cifra era de 2,3. El avance existe, pero es lento. Aún sigue siendo un gran reto, aunque se crea que hay muchos lectores en el país por el simple hecho de que miles de personas asistan a la FILBo y los salones de Corferias estén a reventar. Y la pregunta incómoda sigue intacta: ¿estamos formando lectores o simplemente acumulando leedores?

Un leedor cumple. Lee porque le toca, porque debe responder a algo: un examen, una clase que preparar, un informe que entregar. El libro es un medio para obtener algo. El lector, en cambio, se queda. Lee por una necesidad que no siempre sabe explicar. Lee por gusto, por impulso, por esa forma de intimidad que surge cuando alguien decide pasar horas dentro de un mundo que no es el suyo.

De hecho, el poeta Pedro Salinas escribió en 1948 el ensayo ‘El defensor’, en estas páginas dijo con claridad: el verdadero lector no busca provecho. Lee “por el gusto puro de leer”, por “amor invencible al libro”, por el deseo de quedarse con él horas y horas, como quien permanece junto a la persona amada. Asimismo, señaló que en el lector no hay ningún ánimo de extraer utilidad de lo que lee, nada que esté más allá del libro y su mundo.

Si un niño preguntara por qué tendría que convertirse en lector, la respuesta no sería convincente. No se puede obligar a nadie a leer. Ser lector es una decisión íntima. En la vida diaria se lee por necesidad: para cumplir, para aprobar, para resolver algo. Rara vez por placer. Y sin una razón propia, cada vez son menos los que se arriesgan a abrir un libro sin saber qué va a encontrar.

Sin embargo, el país insiste en medirlo todo en cifras y en campañas que prometen que “leer es fácil”. Ahí aparece la primera trampa. Decirle a un niño que todo libro será sencillo es condenarlo a la frustración cuando se encuentre con el primer tropiezo. No es cierto que leer sea simple. Puede incomodar, exigir volver atrás, releer, dudar. Zuleta advirtió que no existen textos fáciles ni atajos para comprenderlos. Cuando algo parece demasiado claro, muchas veces el problema no es el libro, sino la ilusión de que estamos entendiendo. No hay autores sencillos: hay lecturas superficiales. Leer implica esfuerzo e interpretación; construir sentido desde el texto y no repetir lo que ya pensábamos.

Y, aun así, seguimos reduciendo la lectura a una meta estadística. Se segmentan edades, se ordenan listas, se trazan trayectorias como si el deseo pudiera programarse. Como si el asombro obedeciera instrucciones.

La socióloga argentina María Eugenia Dubois sostiene que al leer nos apropiamos de palabras que nos hacen más libres. Pero esa libertad no nace de la obligación. Nace del descubrimiento. Del riesgo. De la dificultad asumida voluntariamente.

Tal vez ahí esté el problema: queremos resultados inmediatos en un proceso que es íntimo y lento. Nos conformamos con leedores funcionales —personas que descifran textos— y olvidamos que un lector es alguien que se transforma. La lectura, como dijo Borges: “debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”.

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