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Columna

Idiota

“La democracia no sirve para quejarse de los políticos sino para cambiarlos...”.

Diana Martínez

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Mi abuela, que era una crítica severa de la apatía ciudadana en los asuntos políticos, decía que no se podía construir una sociedad diferente con gente indiferente y que, ignorar la política es, en última instancia, una complicidad con los problemas sociales que se desprecian. Un día, hablando de ello, me recitó, en tono pausado pero visceral, un poema del escritor alemán Berlot Brech titulado “El analfabeto político”. Yo estaba extasiada viendo cómo sus manos se movían acentuando con aquella indignación cada línea: “De todos los analfabetos, el peor es el político. Porque él no oye, no habla, ni participa en los acontecimientos políticos. Pero no sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pescado, de la harina y de las medicinas, depende de las decisiones políticas…”

Ese “analfabeto político” del que habla Brech es, en otras palabras, un idiota en su significado original. La palabra “idiota” viene del griego idiotés, que antiguamente no era un adjetivo insultante ni tenía nada que ver con la inteligencia de las personas. Los griegos lo usaban para referirse a quien no participaba en los asuntos públicos de la polis; ya que para ellos era de gran importancia el aporte ciudadano en estas discusiones. Por lo tanto, quien solo estaba centrado en su propia vida y mostraba desinterés por la vida comunitaria era considerado un idiota.

En una democracia, la culpa de lo que pasa la tienen los ciudadanos; por eso la política es imprescindible dentro de la democracia, pues representa el esfuerzo común de ocuparnos de las cosas que nos preocupan. No interesarse o no votar también es una forma de decisión. Ya lo advertía Platón en “La República”: “El que simplemente se encierra en su vida privada y en su vida social nos pone en riesgo de ser gobernados por quienes menos deseamos”.

En la cotidianidad, escuchamos a muchas personas decir: “Detesto la política”, “No voy a votar por nadie porque todos son iguales”, “La política es una porquería”… Esa visión tan derogatoria y generalizada no aporta nada, pues, queramos o no, ella va a determinar nuestra realidad social.

Hace poco, vi en redes una foto donde estaban todos los miembros del Congreso de la Republica y debajo había una frase que decía: “Ustedes no nos representan”. Eso es absurdo. ¡Ellos sí nos representan! Los que no nos representan son, por ejemplo, los políticos de Nueva Zelanda, esos no nos generan ni frío ni calor. Pero quienes nos pueden causar un riesgo con sus decisiones son los que sí nos representan. Por eso, la democracia no sirve para quejarse de los políticos sino para cambiarlos por otros cuando nos sentimos mal representados.

Finalmente, ya no escribimos en juncos, tampoco leemos papiros en voz alta, ni discutimos en el Ágora. Sin embargo, antes y después de Cristo, la tinta histórica tiene el color de las decisiones políticas.

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