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Columna

Más perdidos que el hijo de Lindbergh

“Medio siglo después continúan los ríos de sangre y lágrimas, desplazamiento forzado, sin caminar un solo paso en dirección correcta; frágiles instituciones...”.

HENRY VERGARA SAGBINI

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Encabezo esta columna aludiendo al secuestro extorsivo y asesinato del pequeño Charles Lindbergh Jr (1932) que estremeció a EU y al mundo, símbolo de lo irremediable como la lucha contra la drogadicción, que avasalla desde cuándo el presidente Richard Nixon (1971) decretó ‘War on drogs’, invirtiendo billones de dólares para perseguir capos e integrantes de la cadena del narcotráfico: fumigaciones, cárceles, interdicciones, estrategias militares: Plan Colombia. Medio siglo después continúan los ríos de sangre y lágrimas, desplazamiento forzado, sin caminar un solo paso en dirección correcta; frágiles instituciones, cárceles, cementerios rebosantes, fajos de dólares fertilizando ilícitos. Perdimos la guerra, el negocio del narcotráfico se fortalece cada segundo mientras drogadictos van, desde la casi inocua mariguana, hasta el uso inadecuado del mortal Fentanilo, pasando por cocaína, heroína, obedeciendo a las leyes de la oferta - demanda, mercado global cada vez más rentable, degradación individual e institucional; daños irreparables en la salud mental y física de millones de personas, mientras las tragedias familiares multiplican la desesperanza: aceras repletas de adictos disputándole espacio a basuras y perros, ciudadanos desviando la mirada: “Eso no me toca”.

Sin duda, el enfoque punitivo - policivo no surtió resultados: el mercadeo de drogas sicoactivas se extiende y profundiza. ¿Perdimos la batalla como ocurrió con el hijo de Lindbergh? Anualmente se invierten 100.000 millones de dólares en medidas coercitivas, solo 151 millones en prevención mientras sepultamos adictos, policías, soldados, líderes sociales, campesinos; recursos gigantescos erradicando cultivos frente a estómagos vacíos y escuelas agrietadas, confundiendo enfermos con capos; atacando la oferta sin reducir la demanda, mientras la pobreza - exclusión fertilizan los cultivos ilícitos, prolongando conflictos al creer ingenuamente, que la militarización extinguirá las tragedias familiares; midiendo el éxito por toneladas de drogas incautadas, mientras el consumo y la dependencia crecen sobre todo en países que nos señalan “¡culpables!”.

Afortunadamente existe ‘vacuna’ eficaz y gratuita: regresar a la crianza afectuosa y vigilante de padres y abuelos, pues no faltará quien brinde cobijo en su manada de cuervos. ‘Dime con quien andas y te diré que fumas’. Hace más tiempo del que quisiera, tuve una experiencia inolvidable en la Sierra Nevada de Santa Marta, durante medicatura rural, recién egresado de la Universidad de Cartagena: los Arhuacos, igual que los indígenas bolivianos, milenarios y pacíficos, consideran a la coca una “Planta sagrada”, puente hacia los dioses, alimento y medicina, esencial para el mambeo con el poporo, facilitando la comunicación sideral con los ancestros, sublimando pensamientos y trabajos comunitarios. Maestros inolvidables recomiendan “¡No traguen entero!”.

La caña de azúcar es al alcohol etílico lo que la hoja de coca a la cocaína, y nadie sataniza ni fumiga los cañaduzales, tampoco se le declara guerra a campesinos que la cultivan; sin embargo, mientras las drogas psicoactivas generan 400.000 muertes al año, el alcohol etílico provoca 3 millones: cirrosis, cáncer, accidentes de tránsito, violencia intrafamiliar, suicidios, tóxico regulado, gravado con impuestos. La coca no es cocaína, Esta es el resultado de procesar químicamente la planta contra quienes liberan batallas inútiles durante medio siglo. Imploramos que la paz que merecemos no corra la suerte de Charles Lindbergh, muerto (12 mayo de 1932) dos meses después del secuestro extorsivo. Igual ocurre con cultivos bautizados ilícitos: nosotros ponemos los muertos; otros, sus insaciables narices.

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