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Columna

Pantalones abajo

“El invitado, incómodo, pero sin otra opción para entrar a ver el partido, decidió quitarse el cinturón...”.

JAVIER A. RAMOS ZAMBRANO

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Juan es un hincha fiel de Real Cartagena que siempre va al estadio Jaime Morón acompañado de su esposa y sus dos hijos.

Pese a todas las decepciones que, año tras año, le ha causado el llamado equipo “Heroico” al no ascender a la A, él sigue comprando sus boletas para ver al conjunto auriverde de local; está ahí siempre, incluso cuando se enfrentan al último de la tabla.

Precisamente, el pasado fin de semana, Juan ingresó a la aplicación de boletería y compró cinco entradas para ver al entonces líder Real ante Leones (el colero). Pagó por la de su esposa, las de sus dos hijos, la suya… e invitó a un amigo que acababa de llegar del extranjero a conocer Cartagena.

En total, por ser en la localidad occidental alta, las cinco boletas le costaron 400.000 pesos, pues cada una vale 80.000, el precio más alto para entrar a un estadio de la B, e incluso superior al de algunos equipos de primera división.

El partido fue el pasado sábado, 21 de febrero, a las 5 p. m. Una hora antes, Juan llegó con su familia y su invitado a la entrada del escenario deportivo. Tras escanear los códigos de ingreso y avanzar unos pasos, se encontraron con el primer cordón de seguridad, donde luego de una requisa, el personal de logística notó que su amigo, el gringo, llevaba puesto un cinturón.

Juan, acostumbrado a ir sin esa prenda, había olvidado advertirle a su amigo, quien no entendía lo que pasaba. “Guardo cinturones, guardo cinturones”, gritaba un señor que cargaba una decena de correas en su hombro derecho y merodeaba cerca de la entrada.

El invitado, incómodo, pero sin otra opción para entrar a ver el partido, decidió quitarse el cinturón y confiárselo a aquel hombre.

No habían avanzado ni seis pasos cuando los hijos de Juan, entre risas y pena ajena, notaron que al amigo de su papá se le caía el pantalón. El gringo tuvo que usar sus dos manos para intentar sostenerlo hasta llegar a la grada.

A pesar de que el partido terminó con cinco goles (Real Cartagena 2 – 3 Leones), el extranjero no se levantó de su silla en ningún momento. Ni siquiera al minuto 93, cuando el estadio estallaba de alegría con el gol de penal de Manotas, que ilusionaba a todos con un empate tras ir perdiendo 0-3.

Al final, la hinchada abandonó el estadio sin entender cómo el equipo líder e invicto perdió en su casa contra el último. Así mismo salió el invitado: no con las manos en la cabeza (ya sabemos dónde las tenía), sino sin comprender por qué, en un partido donde la mayoría vestía el mismo color de camiseta y en un ambiente de paz, se obliga a la gente a quitarse el cinturón.

A la salida, Juan le pagó al hombre que esperaba a todos los aficionados para devolver los cinturones a cambio de unas monedas. Allí estaba el de su amigo… se lo entregó con algo de vergüenza antes de despedirse con un abrazo.

Hoy, Juan reflexiona y se pregunta hasta cuándo durará esa regla tan arcaica.

*Periodista y Profesor. Magíster en Comunicación.

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