Las listas para elegir el próximo Congreso de la República permiten anticipar un fenómeno que ya se insinuaba en el período que termina: la consolidación de dos formas degradadas de hacer política partidista. De un lado, partidos sobreideologizados; del otro, partidos desideologizados.
En el primer grupo pueden ubicarse el Pacto Histórico y el Centro Democrático, que han construido identidades políticas y marcos ideológicos sólidos, aunque con frecuencia extremistas y excluyentes. En el segundo, los partidos en los que predominan el cacicazgo, el clientelismo y el nepotismo: microempresas electorales con escasa o nula cohesión programática y un pragmatismo burdo orientado a intereses económicos y burocráticos. Esta lógica deslegitima el debate público y profundiza la crisis de representación.
Los partidos desideologizados probablemente seguirán desempeñando el pírrico papel que han jugado hasta ahora: actuar como fuerzas de bisagra, apoyando o bloqueando proyectos de ley no en función del bien común, sino de sus conveniencias burocráticas y clientelistas. Paradójicamente, este tipo de partidos no suele representar, por sí mismo, una amenaza para la estabilidad institucional. Sin embargo, su pragmatismo los hace adaptables y funcionales a fenómenos como el populismo y el personalismo, que tienden a erosionar gradualmente las democracias.
Distinta es la situación de los partidos sobreideologizados. Estos no sólo tienden a considerar su doctrina moral y política como la única legítima, sino que aspiran a incorporarla en la Constitución. En este caso, la frontera entre programa de gobierno y orden constitucional se diluye; por ello, cuando conforman mayorías, buscan reformar la Carta para constitucionalizar su proyecto ideológico.
El problema no es la ideología en sí, sino su absolutización. Cuando una fuerza política identifica su proyecto con la verdad moral y pretende elevar su programa coyuntural a norma constitucional, se tensionan los pilares del constitucionalismo y del republicanismo, que descansan en la limitación del poder, la alternancia en el gobierno y el pluralismo
El nuevo Congreso parece que estará atravesado por esta doble tensión: entre un pragmatismo sin ideas y una ideología sin límites. La salud de la democracia dependerá de que ninguna de esas dos tendencias termine por imponerse de manera excluyente. Porque una democracia sólida no se construye ni sobre el vacío programático ni sobre la verdad única, sino sobre reglas, principios y valores que obligan a todos, incluso -y, sobre todo- a las mayorías. Cualquiera de las dos opciones no solo empobrece la política: debilita, además, el pacto que nos permite convivir en el desacuerdo.

