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Columna

Los rumores

“Los rumores son tan viejos como la historia de la socialización humana y son fruto de la incertidumbre...”.

Gonzalo J. García

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He notado un aumento reciente de casos en los que un grupo o una comunidad ejecuta procedimientos sumarios de justicia por mano propia sin la debida investigación y verificación de los hechos. Hace unas semanas, en área rural del sur de Bolívar, un campesino de mediana edad, cultivador de cacao, fue condenado a muerte y ejecutado por un grupo armado ilegal debido a rumores de un ataque sexual. Un caso similar, el de un adolescente en las estribaciones de la Sierra Nevada y otros que cada día presentan las noticias.

La RAE define los rumores como «voz que corre entre el público» y cita los sinónimos: habladuría, chisme, cotilleo… Los rumores no siempre deben desecharse —son dudosos, no se sabe si son falsos o ciertos—, existen casos en los que es necesario considerarlos. Una forma organizarlos, si requiere de una respuesta rápida, podría depender del grado de amenaza que representen en el tiempo, si es en el presente o si sus efectos son hacia el futuro; los del pasado, si no ocasionaron daño, deberán desecharse, y si lo hicieron tendrán que investigarse en el contexto histórico. En el caso de que sus consecuencias afecten potencialmente la salud de una comunidad, se convierte en referencia obligatoria de investigación en salud pública, como el caso de la rabia, cuando se difunde la sospecha de un animal o persona enferma —en este caso, por su elevadísima letalidad—, o la propagación de un gas tóxico —aquí por causa de la facilidad de dispersión—, por sólo poner dos ejemplos. En otros casos, si tienen efectos individuales sobre la integridad o la honra, como sucede en el ámbito penal, deben ser denunciados e investigados con la debida sujeción a las normas procesales y de derechos humanos.

Es natural que los seres humanos —o empresas— atiendan los rumores y aun más, que se preocupen por su reputación, como cuando Don Quijote en la segunda parte del libro pregunta a su fiel escudero que le responda con toda honestidad qué piensan las gentes de él.

A lo que, cumpliendo con la solicitud de sinceridad, responde que piensan que es un «grandísimo loco». Otra, de las muchísimas que se ocupan del rumor, la encontramos en el cuento Algo muy grave va a suceder en este pueblo, de García Márquez, que dejó para siempre en la oralidad, en la que por causa de un rumor un pueblo entero es abandonado, cumpliéndose el presagio de la vieja.

Los rumores son tan viejos como la historia de la socialización humana y son fruto de la incertidumbre, que fomenta la curiosidad mezclada con falta de información. Hoy, a pesar de que tengamos más formas de comunicación, parecen agigantarse en las tribunas de los medios digitales con nombres modernos como «bulos» o «fake news» y la única forma de contrarrestar un poco, lo que nunca va a desaparecer, es siendo empáticos y guardando respeto por los demás, absteniéndose de divulgar lo que no se tiene como probar, además de elegir fuentes de periodismo científico.

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