comscore
Columna

La amistad, esa forma profunda de amar

La amistad no está exenta de crisis. A veces el orgullo, el silencio prolongado, los malentendidos o los cambios de rumbo en la vida pueden erosionarla.

Orlando Díaz Atehortúa

Compartir

Los amigos, aquellos que nos dan vida, son una verdad insoslayable. Una ruptura con un amigo del alma puede ser tan dolorosa como el quiebre con una pareja o incluso como la muerte de una mascota querida. La amistad, cuando es auténtica, toca fibras profundas y deja huellas que no se borran con facilidad.

Desde la filosofía, muchos pensadores han reflexionado sobre ella. Para Aristóteles, la amistad era una de las formas más elevadas de la vida ética; distinguía entre amistades por utilidad, por placer y por virtud, siendo esta última la más noble, la que se funda en el bien y en la admiración recíproca. No es una amistad interesada ni circunstancial: es una elección consciente del otro.

Por su parte, Michel de Montaigne, al escribir sobre su entrañable relación con Étienne de La Boétie, dejó una frase que atraviesa los siglos: “Si me presionan para que diga por qué le quería, siento que no puedo expresar sino diciendo: porque era él y porque era yo”. En esa expresión cabe todo el misterio de la amistad verdadera: no necesita demasiadas explicaciones, se sostiene en una afinidad profunda, casi inexplicable.

La amistad no está exenta de crisis. A veces el orgullo, el silencio prolongado, los malentendidos o los cambios de rumbo en la vida pueden erosionarla. Y duele. Duele porque el amigo conoce nuestras debilidades, ha visto nuestras derrotas, ha celebrado nuestros triunfos y ha sido testigo de nuestras sombras. Cuando esa presencia se ausenta, queda un vacío que no se llena fácilmente.

Sin embargo, también es cierto que la amistad madura con el tiempo. No siempre requiere la presencia constante; a veces basta saber que el otro está ahí, aunque pasen meses sin hablar. La amistad auténtica resiste la distancia, las diferencias políticas, las crisis económicas y los reveses personales. Es una forma de lealtad silenciosa.

En una época dominada por redes sociales y vínculos efímeros, conviene preguntarnos qué tipo de amigos somos. ¿Somos amigos de conveniencia? ¿Amigos de aplauso fácil? ¿O amigos capaces de decir la verdad, incluso cuando incomoda?

La amistad implica responsabilidad. No es solo compartir risas; es acompañar en el hospital, escuchar en la madrugada, sostener cuando todo parece derrumbarse. Es, en cierto modo, un pacto tácito de cuidado mutuo.

Quizá por eso, cuando se pierde un amigo verdadero, el duelo es tan real. No se trata solo de la ausencia de alguien con quien conversar; es la pérdida de una parte de nuestra propia historia. El amigo guarda versiones nuestras que nadie más conoce.

Pero también hay esperanza. Las amistades sinceras pueden reconciliarse. El perdón, cuando es genuino, reabre puertas que parecían cerradas. Y si no se logra la reconciliación, queda al menos la gratitud por lo vivido.

Al final, la amistad es una de las formas más puras de amor: un amor sin posesión, sin contrato, sin obligación legal, pero profundamente comprometido. Un amor elegido cada día.

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News