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Columna

Laureano Gómez, natalicio eterno

Laureano Eleuterio Gómez Castro, aquel enorme conservador, nació no para la fama, sino para la eternidad.

Johan Andrés Paloma

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Muchos jóvenes estarán de acuerdo conmigo al arrojar en esta columna que la apreciación detenida de la política colombiana actual desemboca en un conjunto de reproches, vergüenzas ajenas y desesperanzas por los ahora dirigentes de nuestra nación. La política en el país se ha convertido en un circo, en todo un fortín, en la condensación de los más variados intereses particulares, en las más rastreras y vulgares formas para expresarlos, en la falta de honor, comprobación, argumentación y oratoria, en, en fin, la ausencia de grandeza. Quienes estudiamos la historia política de Colombia observamos con añoranza a los tribunos que nos precedieron, entre ellos a uno de los más grandes, Laureano Gómez, y no podemos más que lamentarnos por el mefítico aire que nos ahoga hoy.

Un 20 febrero semejante al nuestro, pero de 1889, un hombre de fuego, posteriormente bautizado Toro Farnesio, acrisoló su existencia en nuestra tierra para marcar uno de los legados políticos más hondos de Colombia. Laureano Eleuterio Gómez Castro, aquel enorme conservador, nació no para la fama, sino para la eternidad. Tempranamente se vio rodeado, sin pedirlo, de las más excelsas personalidades que compartían con él sangre de comarca, pues, aunque Gómez fuera bogotano, sus raíces calaban en las históricas veras nortesantanderanas de Ocaña; fue entonces como el general Guillermo Quintero Calderón, Carlos E. Restrepo y José Vicente Concha, quienes visitaban al padre de Laureano recurrentemente, se convirtieron en lámparas de inteligencia y honorabilidad que, como cirio pascual, transmitieron su llama a la naciente alma nimbada.

Laureano fue forjado en el yunque de la ratio studiorum de los jesuitas, su conciencia así constituida comprendió que lo que se jugaba en Colombia era un choque de escuelas filosóficas. No fue un hombre de armas tomar como lo acusan sus poco caritativos opositores, sino un ciudadano convencido del fragor de las ideas sin caer en el mal llamado “pluralismo” ni en la guerra civil. La profesión sincera y convencida de las “verdades eternas del derecho natural”, las jerarquías, el orden orientado hacia Dios como primer motor de la historia, la moral pública como basamento de toda organización social, su rechazo por el utilitarismo, la abnegada lucha contra los enemigos de la Religión católica y su infatigable labor en favor del desarrollo material del país fueron su legado, legado que ha quedado a veces olvidado en las amarillentas páginas del tiempo y cubierto por sinnúmero de calumnias que cuajaron con el triunfo del liberalismo y que son cuchillas oprobiosas ante un público que no indaga las primeras fuentes.

Para comprender el carácter patricio de sus razonamientos y su irrevocable sentido del deber, hemos de remontarnos a 1940 cuando en entrevista Laureano Gómez expuso la razón para retirarse del Congreso. Estas palabras, ya distantes por extensas fanegadas de décadas, parecen vigentes aún hoy. Su motivo central fue “desencanto y aburrimiento” para más adelante sentenciar: “De muchacho diome la afición de ir a las barras, y conocí bastante el Senado donde asistía Miguel Antonio Caro y la Cámara donde hablaban Guillermo Valencia y Óscar Terán (…) Esa aburrición no tiene cura si coincide, como es mi caso, con una curva de decadencia de la institución (…) Como digo, conocí el senado admirable de 1903, después en las Cámaras que he asistido, vi trabajar a ciudadanos eminentes (…) Conocí el esmero solícito con que antes se intervenía en la formación de las leyes y lo comparo con el desgaire con el que se hace ahora. En el estado con que ha llegado el Congreso, la preparación, el estudio, el conocimiento, la demostración, el raciocinio, no tienen cabida. Son inoperantes y baldíos.”

Laureano, luego de graduarse como ingeniero de la Universidad Nacional, fue representante a la Cámara, diputado, senador, embajador, ministro, presidente del Congreso, director del Partido Conservador y presidente de la República. Fue siempre el fiscal de la actividad política, un patriótica excepcional, un católico ascético, un hombre de cultura inigualable y un constructor de país. Sus obras completas recopiladas por Eduardo Ruiz Santos muestran su trayectoria con verdad. Gómez, por su mismo carácter, de acuerdo al historiador Jorge Meléndez Sánchez, ganó enemigos, enemigos que triunfaron, encarnación de las mañas, mañas que hasta hoy han mancillado su nombre procurador. Su legado será rescatado próximamente, su vida pasada por lupa y limpiada, pero mientras tanto, los jóvenes conservadores, celebramos su eterno natalicio.

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