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Columna

Entre humanos y therians

“La verdadera bestialidad no se encuentra en quienes imitan a los animales, sino en aquellos que, habiendo nacido humanos, han renunciado a su humanidad”.

Enrique Del Río González

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“Los perros tienen belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, valentía sin ferocidad y todas las virtudes que tiene la gente sin ninguno de sus vicios. Hasta lo que sé, solo tienen un defecto: confían en los humanos”: Epitafio a un perro.

Un nuevo fenómeno viral desconcertante ha saltado de las redes sociales a las plazas públicas. Son los ‘therians’, jóvenes que se identifican con un animal no humano, visten máscaras, colas e imitan los movimientos de su ‘teriotipo’. El término viene del griego ‘therion’ (bestia) y ‘anthropos’ (ser humano). Nació en los 90 en comunidades digitales, pero ha explotado en popularidad gracias a la viralidad de las redes, generando intenso debate sobre la identidad, la autoexpresión y los límites de la convivencia.

La discusión se ha encendido con episodios como el de un therian que mordió a una niña en Buenos Aires o las masivas convocatorias en parques de todo el mundo. Mientras algunos defienden el carácter inofensivo de estas prácticas y el derecho a la búsqueda identitaria, otros cuestionan la normalización de estas conductas y su impacto en la sociedad.

Pero, más allá del debate sobre si es moda o una genuina expresión de identidad, los therians nos invitan a una reflexión más profunda sobre la naturaleza humana y nuestra relación con el reino animal. Y es aquí donde surge una paradoja que nos interpela directamente.

Estos jóvenes, en su afán por conectar con su animal interior, nos recuerdan la distancia que a menudo nos separa de la nobleza de ciertas especies. Por ejemplo, el perro, sinónimo de gratitud, honestidad, lealtad y amor incondicional. Ningún humano, por más que se disfrace, logra encarnar del todo esa pureza. Existen virtudes en el mundo animal que, para nuestra especie, resultan difíciles de alcanzar y que, evidentemente, nos confrontan con nuestras propias carencias.

Y aquí es donde todo se vuelve más crudo, porque nos topamos con ‘therians’ que no necesitan máscaras. Son esos seres humanos que, bajo una apariencia de normalidad, esconden la ferocidad de una hiena y la ponzoña de una víbora. Son individuos que, a través de sus actos, demuestran una perversidad que los despoja de cualquier atisbo de humanidad. Son, en el sentido más peyorativo del término, completos animales.

Entonces, más animal resulta aquel que daña, traiciona y destruye sin piedad que el joven que corre a cuatro patas buscando una conexión espiritual con un zorro. La diferencia es evidente, porque mientras uno explora formas simbólicas de identidad y pertenencia, el otro encarna conductas que deshumanizan y lesionan al prójimo.

Este fenómeno, con toda su excentricidad, nos obliga a cuestionar qué significa realmente ser humano y a reconocer que la verdadera bestialidad no se encuentra en quienes imitan a los animales, sino en aquellos que, habiendo nacido humanos, han renunciado a su humanidad.

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