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Columna

Mamola

La frase cobra sentido al evocar lo ocurrido el 19 de abril de 1970. El país presenció una de las jornadas más controvertidas de su historia electoral.

Orlando Díaz Atehortúa

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En este país del Sagrado Corazón, donde todo parece posible, quedó para la historia una expresión que aún resuena en la vida pública. A mediados de los años noventa, cuando un sector del Congreso pedía la renuncia presidencial, Horacio Serpa respondió con una exclamación tan coloquial como política:

— ¿Que renuncie el doctor Ernesto Samper? ¡Mamola!

Más severa y filosófica resulta la advertencia de George Santayana, en su obra “La vida de la razón”: “Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.

La frase cobra sentido al evocar lo ocurrido el 19 de abril de 1970. El país presenció una de las jornadas más controvertidas de su historia electoral. Mientras diversas emisoras daban por vencedor al general Gustavo Rojas Pinilla, los resultados oficiales terminaron proclamando presidente a Misael Pastrana. En medio de la confusión, el entonces ministro Carlos Augusto Noriega suspendió los boletines radiales y asumió la divulgación de cifras. Horas después, bajo el estado de queda decretado por Carlos Lleras Restrepo, la tendencia cambió. A la mañana siguiente, el resultado era otro. La historia ya es conocida.

Recordar no es un ejercicio nostálgico, sino una obligación democrática.

Hoy surgen inquietudes frente a directrices recientes del registrador Hernán Penagos, quien ha recomendado a los jurados abstenerse de marcar los espacios en blanco en los formularios electorales, argumentando dificultades en la digitalización. La instrucción contrasta con orientaciones anteriores que exigían ponerles marcas a dichos espacios para evitar manipulaciones, como quedó consignado en el 2018 por el entonces registrador Juan Carlos Galindo.

En conclusión, estos jurados ejercen una discrecionalidad reglada, con funciones claramente demarcadas: contar los votos, consignar los resultados en el formulario E-14 y garantizar que todo se realice en debida forma. Son el primer muro de contención frente a cualquier intento de fraude, antes de que la Registraduría consolide los totales.

No existe ley, ni circular, que ordene expresamente a estos funcionarios transitorios dejar casillas en blanco, siendo previsible que en la tarde, de la jornada electoral, se emitan comunicados, por parte de la Registraduría, insistiendo en la entrega rápida de resultados. A esta institución le interesa el eficientismo; al ciudadano le importa, ante todo, la transparencia y la certeza de que no exista asomo alguno de trapisondas.

La invitación, por tanto, es a la paciencia. La labor de cada jurado es esencial para la solidez de nuestra democracia. A ello se suma el papel fundamental de los testigos electorales, sobre quienes recae también una gran responsabilidad: vigilar que el proceso sea limpio. Los jurados deben permitir y autorizar que estos testigos tomen fotografías de los formularios E-14, como garantía adicional de verificación.

Es lo único que pide la ciudadanía: que el resultado refleje fielmente la voluntad popular, para no caer de nuevo en la consabida sentencia de que “quien cuenta los votos es quien elige”.

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