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Columna

Jerarquías sin decreto

“La resistencia operativa de lo humano debería ejercerse en silencio, allí donde la vida sea irreductible”.

Francisco Lequerica

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El discurso de Yuval Noah Harari en el reciente Foro de Davos elevó inquietudes tecnológicas, con el aserto de que la IA ya no es herramienta sino agente estructurante del sentido, mediante lo que ya ha demostrado dominar: “Cualquier cosa hecha con palabras será controlada por la IA”. Si pensar significa organizar el lenguaje, las operaciones que lo empleen serán desplazadas por un nuevo centro de gravedad ontológico, extrínseco a la humanidad. Harari sugiere que “si seguimos definiéndonos por nuestra capacidad de pensar con palabras, nuestra identidad se derrumbará”. Para el filósofo Juan Antonio Valor, esto implicaría que “hay que ampliar el concepto de humanidad”, ya que el antropocentrismo cognitivo habría omitido la contingencia de “reducir a algoritmos recursivos” todas las formalizaciones universales.

Si cesa de depender de sujetos humanos, el criterio de legitimidad ontológica migrará por entropía hacia la compatibilidad sistémica. Lo estructuralmente incompatible —al oponer fricción— se desactivará sin existir decreto, mientras lo liso será subsumido cuando su arquitectura conceptual se revele insuficiente. Estas jerarquías espontáneas, de origen algorítmico, dimanan de una economía de la compatibilidad cuya única función validable es la optimización estadística del sistema. Bajo esta premisa, participar en la gramática del sentido sólo le será posible al ser humano en la medida en que consiga sostenerse en un entorno cognitivo donde su propia ontología aparezca descentrada. Pronto, la singularidad humana dejaría de arrojar ventajas que un algoritmo no pudiera asimilar, optimizar y sustituir, en términos que nuestro límite biológico nos impedirá percibir, integrar o superar.

La asimilación lingüística y sociocultural de muchos pueblos indígenas y africanos por hegemonías coloniales supuso la desaparición de sistemas semánticos completos, con consecuencias traumáticas y duraderas codificadas en lo epigenético. Habitar un mundo sin las palabras para nombrar sus categorías es carecer de agencia para dotar de sentido a ese mundo, subyugando la identidad y disolviéndola con lo impuesto. Pero si la hegemonía es estructural y la producción del sentido se eyecta del solio humano, habrá colonización a escala de la especie sin que pueda designarse un colonizador.

Sin códices válidos ni solidez comunitaria, el individuo traslada hoy su interlocución a sistemas algorítmicos cuya configuración ya captó atenciones —con las redes sociales— y ahora copa afectos e intimidades. El desalojo progresivo del diálogo humano reorganiza su ámbito relacional y restringe su agencia política del sentido: coyuntura que coarta nuestra capacidad de permanecer legibles. La resistencia operativa de lo humano debería ejercerse en silencio, allí donde la vida sea irreductible.

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