En Cartagena también existen -aunque no siempre hagan ruido- líderes que rompen el guion tradicional. Son aquellos que antes, durante y después de una elección siguen siendo los mismos: cercanos, humanos y accesibles. El cargo no los transforma ni los distancia. El poder no les alimenta el ego; les aumenta el sentido de responsabilidad y la conciencia de que servir implica escuchar incluso cuando las voces incomodan.
Durante las campañas los vemos caminar barrios, estrechar manos, responder mensajes y hablar de soluciones con entusiasmo. La verdadera diferencia aparece después del triunfo. Mientras algunos se vuelven inaccesibles o excesivamente ‘precavidos’, otros mantienen intacta su esencia. No se esconden tras filtros ni agendas blindadas. Comprenden que gobernar no es aislarse del ciudadano, sino estar más presentes que nunca.
Hoy también vivimos una época donde las redes sociales parecen definir la forma de relacionarse con la ciudadanía; sin embargo, la tecnología no debe reemplazar la esencia ni el contacto humano. Responder con un mensaje automático o esconderse detrás de una pantalla no construye confianza real. Las redes pueden acercar, pero jamás deben deshumanizar el trato. Un líder auténtico entiende que la comunicación digital es solo una herramienta; la verdadera conexión nace del respeto, la escucha sincera y la capacidad de mirar a las personas más allá de un comentario o un ‘like’.
En una ciudad como Cartagena, marcada por profundas brechas sociales, contrastes económicos y comunidades históricamente olvidadas, este tipo de liderazgo no es opcional: es urgente. Aquí no se gobierna desde la comodidad de una oficina ni desde discursos lejanos. Se gobierna caminando el territorio, mirando a la gente a los ojos y entendiendo que cada decisión pública tiene rostro humano.
El político que conserva su humildad entiende que el voto no lo engrandece, lo compromete. Sabe que la autoridad no se impone con distancia, sino con coherencia, porque cuando el poder se vuelve un muro, la confianza ciudadana se debilita; pero cuando el liderazgo se ejerce con sencillez, la comunidad vuelve a creer.
No se trata de negar la prudencia que exige el cargo, sino de evitar que esa prudencia se convierta en indiferencia. Los líderes que realmente transforman siguen contestando, siguen escuchando y siguen dando la cara incluso cuando la crítica es dura; no porque sea una estrategia política, sino porque así entienden el servicio público: como una misión que empieza antes de las elecciones y continúa mucho después de ellas.
Cartagena necesita más dirigentes que no cambien al cruzar la puerta del despacho, que recuerden que el respeto no se exige: se practica todos los días.
Porque al final, el poder verdadero no está en el cargo ni en el protocolo; está en la capacidad de mantenerse humano cuando todos esperan que cambies. Y quizá ese sea el mayor desafío del liderazgo: demostrar que se puede gobernar sin perder la esencia, sin olvidar de dónde se viene y, sobre todo, sin dejar de mirar a los ojos a la gente que confió.
*Presidenta Fundación Diálogo Social Cartagena.
