“En muchas ocasiones en la historia, Anónimo fue una mujer”: Virginia Woolf.
El pasado 11 de febrero conmemoramos el Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, un recordatorio histórico de una deuda que aún no se salda. Durante siglos, las mujeres estuvimos ausentes de la historia científica, no por falta de capacidad, sino por la imposición de un sistema centrado en roles tradicionales que relegaban lo femenino a lo privado.
En Colombia, la primera universidad, la Santo Tomás, fue fundada en 1580; sin embargo, tuvieron que pasar más de tres siglos para que el Congreso discutiera, en 1934, el derecho de las mujeres a ingresar en igualdad de condiciones. Tres siglos de silencio institucional, de inequidad y de exclusión de lo femenino, no se borran con una normativa o con una nueva ley. Hoy recordamos a Gerda Westendorp, primera mujer que ingresó a Medicina en 1935, y a Gabriela Peláez, quien estudió Derecho en 1936 y se convirtió en la primera abogada del país.
Hoy no existe una prohibición explícita, pero las barreras no han desaparecido, se han transformado. La sociedad sigue asignando a las mujeres la responsabilidad principal del cuidado, la crianza y la reproducción. El embarazo adolescente, por ejemplo, interrumpe con mayor frecuencia la trayectoria educativa de las jóvenes, a la carga biológica se suma la carga social que enfrentan, el señalamiento, el juicio, el rezago.
Las cifras revelan otra forma de desigualdad, solo el 33% de quienes investigan somos mujeres, en inteligencia artificial, para 2018, representábamos apenas el 22%. En el mundo académico, las investigadoras tenemos carreras más cortas, menor remuneración y menor presencia en revistas de alto impacto. Aunque más mujeres se matriculan en programas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), la proporción de graduadas se mantiene estancada en aproximadamente 3 por cada 10 durante las últimas dos décadas.
La violencia basada en género, muchas veces normalizada, también atraviesa la ciencia. Las prácticas de exclusión, subordinación y silenciamiento no siempre se denuncian, persisten en lo cotidiano, en la broma, en el estereotipo que desalienta a una niña a estudiar Matemáticas o Programación, una sociedad cuyo dominio enseña a las niñas a elegir oficios “femeninos”.
Los prejuicios de género, las políticas de contratación y promoción, la distribución desigual de las tareas de cuidado y la escasez de mujeres en posiciones de liderazgo siguen limitando la integración plena en el ámbito científico.
La tecnología y la inteligencia artificial no son neutras, por eso hablar de igualdad en STEM no es un lujo ni una agenda secundaria; es una necesidad democrática, no es solo incluir a las niñas y a las mujeres en estos programas, sino que participen de manera activa en su definición y en las políticas y herramientas que definirán nuestro futuro.
Es fundamental que los sectores público y privado continúen ofreciendo financiación, becas y acompañamiento que reduzcan la deserción femenina en estas áreas. Comprender esto implica reconocer que la ciencia nunca ha sido completamente neutral y que el acceso de las mujeres a la tecnología no es solo cuestión estadística, sino una necesidad histórica.
Promover la exposición de niñas a modelos femeninos exitosos en Ciencia y Tecnología fortalece su autoconfianza y amplía su horizonte de posibilidades, reduce las limitaciones asociadas a ejercer labores públicas, liderazgos y ocupar escenarios históricamente asociados a roles masculinos. En palabras de Marie Curie: “Nada en la vida debe ser temido, solo comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para temer menos”.

