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Columna

La señora de la gallera

“Cuando un político paga por el voto, hasta allí llegó su compromiso con la gente; porque le toca gobernar para recuperar lo invertido…”.

Diana Martínez

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Hace más de 25 años, con unas amigas de la universidad, llegamos a una conclusión: la realidad no se cambia a punta de indignación, sino a punta de involucrarnos; así que decidimos postular mi nombre a la Asamblea Departamental de Bolívar. Allí comenzó una labor maravillosa, llevando a las comunidades un mensaje pedagógico; pues muchas veces nos rogaban, como un favor, lo que ellos tenían por derecho. No teníamos recursos, ni tampoco apoyo político, solo el anhelo de aportar a la transformación social del departamento, pero, sobre todo, a las formas tradicionales de hacer política.

El garaje de la casa de mi abuela se convirtió en nuestro “Comando”. Allí todo el mundo llegaba a pedir dinero a cambio del voto. Un día, me dijeron que me buscaba la dueña de la Gallera de El Pozón. Según, era una líder que ponía muchísimos votos. La señora entró, se sentó y sacó de una bolsa plástica una carpeta de cartón y me la entregó. Mientras yo hojeaba una cantidad de listas con nombres, cédulas y lugares de votación, ella me dijo: “Voy al grano. Allí hay cuatrocientos zonificados. Esa es una votación segura. Ponerle esa gente a votar le cuesta un millón de pesos. Me da trescientos ahora y setecientos el día antes de elecciones”. Yo levanté la mirada de las hojas y le dije: “Señora, ni tengo ese dinero, ni es la forma como estamos trabajando en esta campaña, pero, le ofrezco algo que vale más que ese millón de pesos”. —¿Qué?— me preguntó. —Que usted, y la comunidad que representa, cuenten conmigo— le dije, entregándole una tarjetica mía.

En un gesto grotesco, la señora me arrebató la carpeta; y rodando la silla bruscamente, se levantó y me dijo: “¿Ustedes, los políticos, qué creen?, que uno es pendejo. Pues a mí no me venga con ese cuento de que su campaña no es así. Todos son lo mismo. Vienen con sus promesas a llenarlo a uno de embuste y después que se montan se dedican es a sacar su plata y uno en la misma pobreza de siempre”. Y habiendo terminado su “discurso”, dio media vuelta y se fue estrilando.

Al día siguiente, recibí una llamada al celular. No se entendía casi nada, solo se escuchaba la voz de una mujer que intentaba decirme algo, pero el llanto no la dejaba. —¿Con quién hablo? —¡Ay, doctoraaa! No sé si usted se acuerde de mí. Yo soy la señora de la gallera, la que fue ayer a su comando. —Por supuesto que la recuerdo, ¿qué le sucede? —Doctora, mi hijo, se lo llevaron para el Cuartelillo de Olaya. Le ruego que me ayude por lo que usted más quiera. —¿Por qué lo detuvieron? —No sé, doctora, no me dejan verlo. —Por favor, tranquilícese. Mire, yo estoy en el Centro; pero voy a tomar un taxi y lo que demore en llegar allá.

Al hijo lo habían detenido por tráfico de estupefacientes, pero su captura se realizó de manera ilegal. Interpuse un Hábeas Corpus y al día siguiente, el juez ordenó su libertad. Cuando salimos del Cuartelillo, había un montón de familiares y amigos esperándolo. Todos aplaudían de alegría. De repente, la señora de la gallera se puso a llorar y repetía una y otra vez: “¡Gracias, doctora! No tengo cómo pagarle”. Yo me le acerqué, la abracé, y delante de todos le dije: “Yo solo quiero que usted comprenda que cuando un político paga por el voto, hasta allí llegó su compromiso con la gente; porque le toca gobernar para recuperar lo invertido. Por eso, cuando usted fue a mi comando, le dije que yo le ofrecía algo más valioso que ese dinero. ¡Y aquí estoy!”.

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