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Columna

Amor y odio

“Odiar parece ser una inclinación natural, un impulso silvestre que brota sin cultivo y emerge con la espontaneidad...”.

Enrique Del Río González

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Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga. Víctor Hugo.

He consagrado innumerables líneas a explorar el amor y el odio, esos dos polos sentimentales que, para fortuna o desdicha, mueven el mundo. Observo con decepción una asimetría desoladora en su naturaleza. Mientras el adagio nos recuerda que “un amor viejo no se olvida”, podríamos afirmar con igual certeza que un rancio rencor, lejos de ser diluido por el implacable cauce del tiempo, se fortalece como un vino de reserva o, si se me permite la analogía menos poética, como esos quesos curados cuyo carácter se intensifica con la maduración.

Odiar parece ser una inclinación natural, un impulso silvestre que brota sin cultivo y emerge con la espontaneidad de la maleza, mientras que el amor, incluso cuando se siembra en terreno fértil, presenta una germinación ardua, es un arte de paciencia que exhibe una fragilidad comparable a la de un recién nacido, demandando custodia constante para no perecer ante la primera helada. No en vano se ha dicho que el odio une más que el amor.

La fuerza de la malevolencia posee una cualidad indescifrable, una energía oscura que congrega a sus acólitos con eficacia que el afecto rara vez consigue. Es cierto que el odio consume primero a quien lo alberga; sin embargo, en nuestra era hiperconectada, el odiador ya no contiene esa energía perversa en sus entrañas; la proyecta causando un daño que reverbera en el tejido social. Esto explica el ascenso de ciertas formas de criminalidad y la virulencia que emponzoña las plataformas digitales, convertidas en ecosistemas para la propagación del rencor.

Descorazona constatar nuestra resistencia a practicar el olvido terapéutico. Curioso que fácilmente se borren de la mente los favores recibidos... ¡oh, mundo de ingratos!, pero se mantenga un recuerdo vívido sobre los que no se recibieron... ¡oh, mundo cruel! Hay quienes han hecho del odio su oficio, dedicando sus horas a dañar sin tregua, atrapados en un ciclo que los aliena de toda reconciliación con la vida. Esa fuerza, o debilidad, desafía toda lógica, por eso se perpetúa y apacigua solo para resurgir con virulencia renovada, tan intemporal como maleable. El tiempo acentúa su decadencia. La vejez los atropella y sus rostros devienen mapas de amargura.

¿Y el amor? Es silente, pero poderoso. Se manifiesta en el esplendor espiritual de quien lo vive y, quizás por gracia divina, esquiva los aguijones ponzoñosos del maligno. Aunque el pesimismo sugiera que es un bien escaso, el amor que existe basta para neutralizar a esos infelices que, al final, deben conformarse con la miseria que engendra un corazón enfermo.

*Abogado.

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