De tanto en tanto, los medios de comunicación publican noticias tipo: “No necesitas ir a la universidad para aprender: Elon Musk”, “Para trabajar en Google, Apple o Netflix ya no es forzoso haber estudiado en la universidad”, “El CEO de Google reveló que están contratando muchos trabajadores sin título universitario: ‘Resuelven las cosas por sí solos’”, y así muchas más.
No deja de ser controversial cuando fundadores y CEO de las big tech declaran que están contratando a talento humano con formación universitaria incompleta o de plano sin ésta, argumentando que son personas que aprendieron por cuenta propia y desarrollaron capacidades fuera de los caminos tradicionales, resolviendo problemas complejos sin necesidad de esa formación; o que priorizan habilidades demostrables sobre esta, como una apuesta para construir equipos más resilientes y alineados con lo que realmente exige el puesto de trabajo.
Lo que no suelen mencionar es que ese talento humano que se ha formado en algún lugar a través de cursos en línea y certificaciones técnicas, podría tener un ingreso salarial marcadamente inferior frente a sus colegas titulados, que la hiperespecialización fragmenta la visión, genera dependencia y acelera la obsolescencia. Asimismo, que se limita la posibilidad de crecimiento dentro de la organización, pues hay cargos que sí siguen exigiendo el título, incluso más allá, postgrado.
Pero hay algo más profundo, abogan por privilegiar la operatividad por encima del pensamiento crítico transversal, y quizás este es el corazón de esa política, ya que se minimiza la resistencia ante contratos polémicos, como le sucedió a Google con el Proyecto Maven para el Pentágono en el 2018 o el Proyecto Nimbus para el Gobierno de Israel en el 2024, ambos con recias protestas laborales y despidos. Igual le ha sucedido a Microsoft, Amazon, Meta, Twitter/X, entre otras con temas de defensa, migración, vigilancia masiva, salud mental, entre otros.
Entonces, ¿para qué vamos a la universidad? La obtención del título es sólo el objetivo final. Durante esos 4 a 5 años se van a generar redes o networking tanto de la disciplina como interdisciplinarios, la posibilidad de intercambios académicos nacionales e internacionales, la exploración de intereses personales, la primera experiencia profesional en el campo a través de prácticas y proyectos de investigación, la formación en emprendimiento, el desarrollo del pensamiento crítico sistémico mediante debates y análisis de casos complejos, el acceso a mentores que orientan no sólo en lo técnico, sino en lo ético y profesional, y un espacio protegido para equivocarse, experimentar y reorientar, algo que la formación técnica autogestionada simplemente no contempla.
*Profesora de la Escuela de Transformación Digital en el Programa de Comunicación Social de
la Universidad Tecnológica de Bolívar - UTB
