Colombia lleva más de 60 años metida de cabeza en la “nueva” violencia. La última de sus guerras ha dejado centenares de miles de muertos, incontables desaparecidos, millones de desplazados, tierras abandonadas y usurpadas, un país sumido en la pobreza y la desigualdad a pesar de sus enormes riquezas. El Estado ha invertido cifras monumentales de dinero tratando de ganar en ese conflicto desquiciado. También lo han hecho movimientos insurgentes buscando el poder a través de las armas, el gobierno de los estados Unidos interesado en mantener el status quo, y mafias ligadas al paramilitarismo y el narcotráfico.
En el famoso y fracasado Plan Colombia, iniciado en el gobierno de Andrés Pastrana y prolongado por 20 años, se invirtieron más de diez mil millones de dólares. Cifra estrambótica que se echó a la basura. Sus dos propósitos centrales: acabar con el narcotráfico, y vencer a las guerrillas, nunca se cumplieron.
Si esos recursos hubiesen llegado a educación, servicios básicos, infraestructura vial, lucha contra pobreza y desigualdad, industrialización del campo, innovación, seguramente Colombia sería un país diferente. Mucho más avanzado. Con realidad menos azarosa.
El asunto tiene trasfondo: las élites liberales y conservadores surgidas en el siglo XIX no se dedicaron a construir una verdadera nación, sino a disputarse a sangre y fuego el poder político y la tenencia de la tierra, inoculando en la gente odios y venganzas que se mantienen hasta hoy. El decimonónico lo convirtieron en un conflicto armado permanente, hasta llegar a la Guerra de los Mil Días que festejaron los conservadores en 1902, encaramados sobre 100 mil cadáveres que dejó la contienda.
Los azules gobernaron con mano dura hasta 1930, cuando los liberales llegaron al palacio de los presidentes con Enrique Olaya Herrera. Los rojos mandaron hasta 1946. Una división intestina permitió el regreso de los conservadores. Esos 16 años tampoco fueron bordados por la paz. La gran barbarie llegó el 9 de abril del 48, cuando asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán, el más significativo líder del liberalismo popular. Bogotá se convirtió en una locura colectiva, pero la desgracia se regó por el país y al final la “Violencia”, como fue calificada, testificó más de 300 mil muertos.
En los 60 nació la insurgencia y una forma nueva de la guerra eterna por el poder del Estado. Después surgieron las mafias del narcotráfico con sus ejércitos paramilitares que volvieron a llenar de sangre el país. La corrupción, cabalgando sobre corceles de cocaína, libre y sombría, inundó la política, la justicia, los batallones, todo, todo, todo. ¿Hay salida? Todo es posible.

