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Columna

Biodiversidad al límite

“Durante la última década, investigaciones científicas realizadas en la capital del Caribe y su área de influencia han registrado nuevas especies...”.

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Cartagena, reconocida por su riqueza histórica y cultural, alberga una biodiversidad excepcional que hoy enfrenta una degradación acelerada y, en muchos casos, silenciosa. Manglares, bosques secos, caños, humedales y zonas costeras sostienen servicios vitales para el territorio urbano, desde la regulación del clima hasta la protección frente a inundaciones.

Durante la última década, investigaciones científicas realizadas en la capital del Caribe y su área de influencia han registrado nuevas especies para la ciencia y documentado organismos antes desconocidos para sus ambientes terrestres y acuáticos. Estos hallazgos confirman que aún persiste una riqueza biológica poco explorada. Sin embargo, este inventario está lejos de completarse y muchas especies podrían desaparecer antes incluso de ser registradas.

Los datos de municipios cercanos como Turbaco, donde la presión urbana ha sido menor, resultan alarmantes: en apenas diez años, las mariposas pasaron de cerca de 90 especies a solo unas 10, una reducción aproximada del 90 %. Esta pérdida acelerada permite dimensionar lo que ya se ha extinguido silenciosamente en la ciudad.

En los últimos años se ha evidenciado un aumento desproporcionado de la deforestación, particularmente en el bosque seco tropical del cerro de La Popa, la zona norte, los manglares asociados a los caños urbanos y la península de Barú. Estos ecosistemas, ya fragmentados, están siendo transformados en lapsos de tiempo muy cortos frente a los procesos ecológicos que les dieron origen.

Las comunidades biológicas no se forman de un día para otro. Plantas, insectos, aves y otros organismos evolucionan y se establecen durante décadas mediante complejas interacciones naturales. Cuando estos ambientes son eliminados, la biodiversidad desaparece de forma abrupta y, en muchos casos, irrecuperable.

El problema no es el crecimiento urbano, sino cómo se está llevando a cabo. El modelo actual prioriza la eliminación total de los ecosistemas nativos, rompe corredores naturales y reduce la capacidad de adaptación de la ciudad frente a los cambios ambientales.

Replantear el desarrollo urbano es urgente. Los ecosistemas nativos deben integrarse a los nuevos proyectos, no desaparecer. Incorporar la naturaleza al tejido urbano no es un lujo: es una condición indispensable para el futuro del territorio.

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