La historia está llena de anécdotas en las que niños con diferentes formas de procesar la información fueron rechazados por la escuela porque su mente no encajaba en los moldes rígidos de la educación tradicional, pero que, posteriormente, despuntarían como genios, transformando al mundo con sus conocimientos.
El repunte de niños con una condición neurodivergente en la escuela exige que se reconozca la pluralidad de modos de procesar el mundo. El sistema educativo contemporáneo sigue diseñado para la homogeneidad: aulas centradas en la evaluación estandarizada y protocolos disciplinarios que priorizan la conformidad sobre la inclusión. Esta estructura produce una baja tolerancia a la diferencia y transforma la diversidad neurológica en problemas de conducta. La falta de equipos interdisciplinarios, de tiempo para la adaptación y de políticas claras de inclusión convierten a la escuela en un filtro que margina, en lugar de un espacio que potencia. La responsabilidad institucional no es menor: la ausencia de formación y recursos no solo limita el aprendizaje, sino que también erosiona la autoestima y las oportunidades de socialización de los niños.
El manejo inadecuado de la neurodiversidad -castigos repetidos, etiquetado estigmatizante, aislamiento- puede generar experiencias traumáticas acumulativas. El trauma escolar y familiar no siempre se manifiesta como un evento único; suele ser la suma de micro-humillaciones, fracasos repetidos y la sensación de no pertenecer. Frente a esto, algunos niños adoptan roles desadaptativos: el del rebelde que desafía todo, el del retraído que evita el contacto o el del bufón que disimula inseguridades. Estos roles funcionan como estrategias de supervivencia, pero limitan el desarrollo de habilidades sociales auténticas y aumentan la vulnerabilidad a la estigmatización por parte de pares y adultos.
Cuando la escuela y la familia no ofrecen respuestas coherentes y protectoras, la frustración y el rechazo pueden cristalizar en patrones conductuales persistentes. La acumulación de sanciones, la falta de apoyos y la búsqueda de pertenencia pueden favorecer la aparición de trastornos graves, como el trastorno disocial, que conlleva la posibilidad de vinculación a grupos de pares en riesgo y al inicio temprano en el consumo de sustancias psicoactivas, que muchos jóvenes utilizan como intento de autorregulación emocional, anestesia frente al malestar o medio de integración social. La prevención exige reconocer que la conducta problemática, a menudo, es la expresión de necesidades no atendidas y de heridas relacionales.
La transformación es posible si la escuela y la familia dejan de ver la neurodivergencia como un problema a corregir y comienzan a entenderla como una diferencia que exige respuestas humanas, flexibles y fundamentadas. Solo así se podrá evitar que la infancia marcada por la diversidad neurológica derive en trayectorias de exclusión, trauma y riesgo psicosocial. (Tomado de mi próximo libro: “El Trauma del Adicto”).

