Este fin de semana murió Pepe Tudela. Constitucionalista, secretario general de la Fundación Manuel Giménez Abad (Zaragoza, España), experto en estructura territorial del Estado, buen conocedor de la realidad colombiana y del deseo de autonomía de la región Caribe, viajero y escritor, defensor del Estado de Derecho (título de su último libro recién publicado) y, por lo que nombro esta columna, hombre moderado. Porque Pepe era un hombre moderado y eso, que debería ser una condición sine qua non para vivir la vida, es hoy en día, cada vez más, algo tristemente fuera de lo normal. Aún recuerdo la última vez que nos vimos en una jornada universitaria que organizamos en Barcelona el pasado septiembre, repasando en el coche de camino a la universidad el estado de nuestros amigos comunes: algunos de derechas, otros de izquierdas, pero todos amigos, porque la ideología nunca debe ser algo que nos separe.
Lo conocí en Barranquilla hará unos ocho o nueve años en casa de nuestro común amigo Juan Pabón, miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia, firme defensor de la autonomía de la región Caribe y hombre pluralista donde los haya. No hará mucho Juan publicó su último libro Escritos políticos, del que tanto Pepe como yo fuimos prologuistas. Desde entonces, coincidí con él en diversas ocasiones, de las cuales siempre recordaré aquella reunión hecha en Zaragoza por el aniversario de la Fundación Giménez Abad en la que todos los ponentes sin excepción, ya de izquierdas, ya de derechas, ya políticos, ya académicos, alabaron no sólo su trabajo al frente de la Fundación, sino su talante y su forma de ser abierta y tolerante. Pocas veces habré visto, y más en el ámbito del Derecho y de la política, que todo el mundo opine bien de una persona.
La pérdida de Pepe es especialmente más dura si se piensa que se va justo el día antes de que en su región, Aragón, tuvieran lugar unas elecciones regionales en las que tanto el partido de centro derecha, como el de centro izquierda, han bajado en favor del partido de extrema derecha, que ha duplicado su representación parlamentaria. Es casi un símbolo de lo cada vez más radicalizada que está nuestra sociedad y de lo excepcionales que son las figuras que como la suya tratan de construir ámbitos de encuentro y de debate entre quienes, aún pensando diferente, pueden convivir y respetarse. Eso es la democracia, en última instancia: respetar al otro, aceptarlo en su diferencia. Buen viaje, Pepe.

