¿Habrá alguna persona que esté segura de que el evento climático del 1 de febrero no va a volver a ocurrir? ¿Alguien podría pensar que los fenómenos relacionados con el clima a nivel local no tienen relación con lo que ocurre a nivel global? ¿Cuál es la capacidad que tenemos como sociedad, como personas y familias para responder a este tipo de eventos? Podemos suponer, para un cierto tipo de tranquilidad o de falsa confianza, que en este caso los daños fueron a infraestructuras que está desarrollando la administración y por lo tanto, se pueden reponer y atender rápidamente la recuperación de las áreas afectadas. ¿Cuál es la capacidad que tenemos como sociedad de prever, de anticiparnos a eventos que pueden ser más catastróficos, extendidos y duraderos, que además desde hace varios años científicos y grupos de investigación vienen informando y alertando? ¿Quién puede afirmar que un fenómeno más extendido como el de estos primeros días de febrero no arrase completamente a comunidades que están en asentadas sobre playas como Tierrabomba, La Boquilla o Manzanillo del Mar? ¿Cuál es la capacidad institucional para responder rápida y efectivamente a fenómenos más complejos que un mar de leva, por ejemplo, un huracán como los que hemos presenciado en la TV en los últimos 20 años? ¿En este caso, se puede afirmar con cierto nivel de certeza que estos eventos son posibles pero improbables?
Tal vez lo más preocupante ocurre respecto a las preguntas sobre la formación, capacidad de organización y movilización social para prevenir y atender este tipo de eventos, ¿será que disponemos de los elementos para pensar que colectivamente podremos atender con cierto nivel de eficiencia, eficacia y mínimos costos humanos y sociales eventos que sabemos que pueden ocurrir en los siguientes meses?
Creo que hasta hoy hemos tenido, como sociedad, mucha suerte de no sufrir huracanes, los mares de leva han durado pocos días y las afectaciones no han sido a los sectores más pobres y con menos capacidad de respuesta. Creo que todos sabemos a quienes afectarían más drásticamente fenómenos mareo-meteorológicos cuando sus consecuencias pueden durar semanas o meses, como ya hemos visto en otras ciudades del Caribe continental e insular, donde las empresas tienen la capacidad de reponerse y levantarse, así sea con la ayudad de los gobiernos, pero en nuestro caso, donde se estima que el 60% de la población que vive del turismo lo hace en condiciones de informalidad, con nula capacidad de previsión y menos aún sin capacidad de prevenir lo que puede ocurrir, lo que deben hacer y la forma de actuar ante escenarios posibles y probables. Es hora de que, como sociedad, nos preguntemos y actuemos seriamente ante avisos como los del pasado 1 de febrero.

