Cartagena ha vivido en las últimas semanas una escena poco común: grandes buques ingresando a la Sociedad Portuaria por una ruta distinta a la habitual, obligados por las obras de reparación del cable submarino que conecta a Colombia con el mundo. Lo que nació como una contingencia técnica terminó convirtiéndose, casi sin proponérselo, en un espectáculo silencioso: barcos de gran calado desfilando por la bahía interna antes de atracar.
Desde distintos puntos de la ciudad —Manga, Bocagrande y Castillogrande— los ciudadanos han vuelto la mirada al agua. No por una emergencia, sino por asombro. Porque pocas veces se tiene la oportunidad de ver tan de cerca la magnitud del comercio marítimo que sostiene buena parte de la economía nacional y local.
Cartagena moviliza cerca del 60 % de la carga contenerizada del país y recibe anualmente más de 2.500 recaladas entre buques de carga y cruceros. La operación portuaria, por razones obvias de eficiencia, seguridad y tiempos, suele ocurrir lejos del ojo ciudadano. Esta coyuntura ha demostrado que logística y ciudad no tienen por qué ser mundos separados.
Por eso vale la pena que la Sociedad Portuaria y las autoridades marítimas evalúen, con rigor técnico, la posibilidad de mantener de forma permanente —cuando las condiciones operativas lo permitan— este corredor de ingreso, permitiendo que los buques naveguen por la bahía antes de atracar. No como un capricho estético, sino como una acción consciente de valor compartido.
El impacto no es menor. Un desfile marítimo cotidiano fortalece el sentido de pertenencia, conecta a los ciudadanos con su vocación portuaria, aporta a la educación informal sobre comercio exterior y suma un activo paisajístico a la ciudad. Es sostenibilidad en su dimensión social: integrar la operación económica con el bienestar y la identidad colectiva.
Por supuesto, esto debe evaluarse bajo criterios estrictos de seguridad, maniobrabilidad, corrientes, dragado y tráfico marítimo. Pero si es viable, Cartagena ganaría algo invaluable: un puerto que no solo mueve carga, sino que también regala ciudad.
A veces, los grandes cambios nacen de soluciones temporales. Desde el punto de vista operativo, este ingreso no implica un cambio estructural en las maniobras de atraque: los ajustes de tiempo de pilotos y recmolcadores serian marginales y plenamente gestionables dentro de una operación portuaria moderna.
Esta experiencia abre una oportunidad para que la Sociedad Portuaria reafirme su rol no solo como motor económico, sino como aliado de la ciudad, permitir que los barcos sigan entrando por este nuevo canal es una forma silenciosa pero poderosa de demostrar una visión de desarrollo compartido. Porque ver llegar los barcos también es recordar quiénes somos como puerto.
