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Columna

Más allá de las palabras

“Más que unirnos al concierto de las dudas y de las suposiciones acerca de Jesús, decidámonos a seguirle...”.

Ignacio Antonio Madera Vargas

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Las palabras crean realidad. Afirmación de la filosofía del lenguaje ordinario que hoy, más que nunca, se hace evidente ante tanta situación y conjeturas que rayan en el ridículo, generadas por palabras carentes de la condición fundamental del lenguaje: significar. Por ello hay palabras desafortunadas, dígalas quien las diga. No solo es la posición o el grado de poder de quien habla lo que cuenta sino la posibilidad de realizar afirmaciones felices o infelices independientemente de su verdad; desde los planteamientos de esta misma filosofía.

Los evangelios no son biografías de Jesús de Nazaret, de Él no tenemos biografías en el sentido actual de las biografías, sino una historia interpretada a la luz de la resurrección que da el tono fundamental de lo que son: buena noticia acerca de Dios, la humanidad y la creación. Por ello, toda pretensión de dar valor a conjeturas sin soporte, por ignorancia docta ante lo que son los géneros literarios bíblicos y el sentido fundamental de los textos de la escritura, o la historicidad de los apócrifos, no son más que palabras infelices o falaces.

Algo sí señalan las tan diversas conjeturas que a lo largo de la historia se han tejido con relación a Jesús de Nazaret, en quien reconocemos la encarnación del Hijo eterno del Dios viviente, uno con el Padre y el Espíritu: se puede ser experto en economía, en política, en filosofía, en derecho, en medicina, en cualquiera de las ciencias, y doctamente ignorante en teología y en las ciencias de la interpretación de los relatos bíblicos. Por ejemplo, la fuente de las fuentes acerca de Jesús son los evangelios; los mismos historiadores contemporáneos a Él se interesaron más en los seguidores por la repercusión que su testimonio generaba ante el judaísmo ortodoxo, que en los detalles de sus hechos cotidianos. Y ese puede ser igualmente el desafío para hoy: ser testigos de lo que una vida orientada por los evangelios genera en las familias y en la sociedad.

Va a correr mucha agua bajo el puente para que el común de los cristianos y católicos, en particular, nos interesemos en la formación en la palabra santa, en los contextos en los cuales ella se fue construyendo, su capacidad de transformar como palabra de vida y no como suposiciones tan de moda en nuestro tiempo de falsas noticias, interpretaciones y abusos ante el poder de crear realidad que tienen las palabras. Y si alguien nos ha dejado un modelo de lo que ha sido la palabra oportuna ha sido el fascinante Jesucristo de los evangelios.

Más que unirnos al concierto de las dudas y de las suposiciones acerca de Jesús, decidámonos a seguirle haciendo realidad el reino de justicia, solidaridad, fraternidad, amor y paz que fue el objeto de su predicación y la voluntad del Padre que, en Él, nos fue revelada. Es por su Espíritu que estamos capacitados para ser luz en las tinieblas del presente. Porque, más allá de las palabras, la fe en el Cristo es una manera de asumir la vida a la luz de su palabra, que realiza los efectos que significa y urge a dar frutos de transformación personal y colectiva.

*Teólogo salvatoriano.

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