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Columna

Elogio de la transitoriedad

“Sólo hay una estabilidad que no degenere en tiranía: una transitoriedad honesta, legible y mecánicamente auditable...”.

Francisco Lequerica

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Las civilizaciones colapsan por aferrarse al acto del entendimiento como fenómeno finito, dejando a su paso conceptos, reglas, sistemas, obras, idiomas, rituales, máquinas, y todo tipo de prótesis cristalizadas con las que pretenden reducir su complejidad existencial hasta la ceguera. Esta fijación humana es condición ineludible para que existan formas —garantes de orden, memoria y comunicabilidad— que puedan transitar entre estados físicos y temporales. Cuando el artefacto en cuestión se solidifica, deja de ser herramienta —interfaz con lo real— y comienza a presentarse como realidad que exige obediencia pero no intelección. Así, lo que fue solución se vuelve dogma, negando la inevitabilidad de derivas en el saber, el contexto, la tecnología y el propio significado de las cosas. Sólo hay una estabilidad que no degenere en tiranía: una transitoriedad honesta, legible y mecánicamente auditable.

Establecido que lo que está en crisis no es el contenido del mundo, sino las condiciones que configuran su sentido, antes de proceder a su reconstitución deberá aceptarse que el desorden es —por naturaleza— irreversible. Toda postura ética futura debería dejar de preguntarse qué hacer dentro de un sistema dado, para pasar a increpar qué sistemas se están fijando y a contemplar sus consecuencias estructurales en la cognición de sus integrantes. El Antropoceno enfrenta hoy dos situaciones inusitadas: la verosimilitud de un colapso civilizacional global —agravado por la emergencia climática— y el surgimiento de la IA. Por vez primera, la humanidad está creando sistemas que a su vez crean sistemas: la fijación se extiende, de creencias e instituciones, a procesos con potencial de engendrar universos. Esto implica que nuestra responsabilidad futura deberá rebasar lo conductual para abarcar lo estructural, requiriéndose para ello la implementación de un rango de artefacto que no acuse amnesia alguna de su transitoriedad.

Entendiendo la técnica como medio ontológico y fundamento de hominización, en la línea de Heidegger —peligros del “Gestell” y serenidad como respuesta— y de Stiegler —expansión del “fármakon” derridiano y resemantización del nihilismo en el capitalismo digital—, es evidente que el poder ya no actúa sólo por decreto, fuerza o prohibición, sino por formateo cognitivo. Colonizadas las atenciones, rotos los sentidos y las instrucciones, el malestar humano deviene materia prima para el algoritmo. La singularidad de la IA que está en boca de tantos es, además de ruptura epistemológica, una alarmante coyuntura para que el poder siga confundiendo forma con realidad. La transitoriedad, como memoria activa del límite, podría visibilizar —hasta obstaculizar— hegemonías venideras y anteponerles estructuras libres de sentido dogmático, que recuerden su caducidad.

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