El Banco Mundial publicó un reporte titulado “Colombia: disparidades regionales y el camino hacia la integración”, en donde se realiza un análisis de las desigualdades regionales en el país y se plantean alternativas de política para corregirlas. En esta columna intentaré sintetizar los principales mensajes del informe.
El diagnóstico plantea que Colombia ha crecido en las últimas décadas a unas tasas relativamente bajas, las cuales no han permitido cerrar las brechas con las economías avanzadas. Desde 1990 se ha observado que un colombiano consume el 25% de los bienes y servicios consumidos por un estadounidense. Con una tasa de crecimiento de la economía nacional del 3% anual, en 20 años alcanzaríamos el 30%.
El crecimiento modesto es producto de una baja productividad, resultante de diferentes factores: deficiente formación del capital humano, pobre infraestructura, baja competencia en los mercados, burocracia excesiva y compleja regulación laboral, entre otras.
Un aporte importante del informe es reconocer que Colombia tiene un conjunto de regiones económica y culturalmente distintas, que conforman un país de marcados contrastes. A partir de esta realidad, se examina cómo estas discrepancias configuran los resultados agregados y, a su vez, cómo los resultados agregados refuerzan las desigualdades territoriales.
Teniendo en cuenta ciertas variables (producto por habitante, pobreza, población y densidad poblacional), el reporte identifica cuatro regiones. La primera conformada por los territorios más avanzados, la segunda incluye los departamentos minero-energéticos, la tercera compuesta por departamentos de desarrollo intermedio con una alta dependencia del sector público, y en algunos con sectores transables, y la cuarta incluye los territorios con menor generación de producto, alta pobreza y baja población.
Una característica relevante es la baja integración comercial entre las regiones, ya que los mayores vínculos se encuentran entre las entidades territoriales más avanzadas. Los altos costos de transporte y los desafíos de urbanización, como alta congestión, déficit de vivienda e informalidad laboral, caracterizan la etapa de desarrollo regional y contribuyen a los decepcionantes resultados de crecimiento.
El Banco Mundial plantea que las regiones deben aprovechar al máximo sus ventajas comparativas, en lugar de orientar su desarrollo hacia sectores o industrias específicos para acelerar la transformación estructural. Sugiere combinar políticas de crecimiento horizontal, destinadas a superar las limitaciones en sectores y regiones, con políticas locales que sean parte integral de un paquete coherente de intervenciones públicas.
Estas recomendaciones imponen retos a los gobiernos locales, pues deben priorizar y ejecutar estrategias que fomenten la productividad territorial, evitando direccionar recursos a los elefantes blancos.
