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Columna

A la deriva

“Vivió por años disfrutando del placer calculado. Dando y recibiendo. Entregando y obteniendo…”.

Eduardo García Martínez

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Han pasado muchos años y muchas cosas también. Sigue vistiendo ropa elegante confeccionada por uno de los últimos sastres que quedan en la ciudad. Se siente buen mozo, altivo. Aburrido de los estudios académicos se marchó a recorrer el mundo como marinero mercante. Muchas veces sintió el temor de los navegantes ante la mar embravecida. En noches apacibles tomaba su vieja guitarra para cantar boleros y sones aprendidos desde la infancia en su barriada de Rincón Guapo, de la ciudad de piedra. En sus calles y accesorias se instruyó en los tejemanejes de la picardía y el lenguaje de los camajanes que les enseñaron a no tener fronteras entre el bien y el mal.

Mentía y decía la verdad sin perder la compostura. Sus malquerientes debían cuidarse las espaldas. Se distinguió jugando basquetbol en la cancha del parque de su barrio altanero. Se nutrió de cine, literatura, poesía, con la misma pasión conque desnudaba a las hembras que se acercaban, tan astutas y hambrientas de maldad como él. A sus compinches los desplumaba en juegos de barajas salpicados de algarabía.

En sus aventuras por los puertos del mundo nunca durmió en hoteles sino en burdeles, pero jamás adquirió la maldición de una blenorragia. No por buenas prácticas de defensa contra las enfermedades de cintura, sino por pura suerte de saltimbanqui. Después se volvió irresistible para las damas de edad indescifrable con cuerpos todavía en flor. Tenía sus mañas para conquistarlas. En una de ellas, iba a las iglesias en misas vespertinas revestido de recogimiento y devoción. Entre ojos, miraba rostros, pechos abullonados, nalgas de balcón, portes distinguidos. Concluida la ceremonia se acercaba cauteloso, seguro, con amabilidad, bordando cada palabra.

“Usted engalana este templo” - decía. Casi siempre la respuesta era una sonrisa amarrada a un interrogante: “¿Por qué lo dice?”, comenzaba una animada conversación sobre pasajes bíblicos, mujeres en la historia, interrogantes sobre la vida en los navíos, los fantasmas detrás de las apariencias. El anzuelo estaba echado. Si no había tormenta que lo impidiera, vendría pronto, “¿tal vez mañana?”, un nuevo encuentro.

Vivió por años disfrutando del placer calculado. Dando y recibiendo. Entregando y obteniendo. Más de una vez, compartiendo una cuenta bancaria, escriturando un bien raíz a su favor, tomando el auto que permanecía en el garaje. Cada dama lo creía para sí. Vana ilusión. Nunca entregó de verdad su corazón. Cuando quiso hacerlo, era tarde. El tiempo se había esfumado. El encanto de las iglesias era cosa del pasado. El mundo pertenecía a otros malosos. Sintió que andaba a la deriva.

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