Se suele decir que para educar a un niño hace falta una tribu. No porque todos estén siempre encima de él, sino porque se forma en un ambiente compartido, rodeado de miradas, ejemplos y límites. Algo de eso, quizá, también está en la raíz de la felicidad.

Los desafíos por atender en la educación pública
Nicolás Ordóñez RuizLa educación, entonces, en la pura individualidad pierde algo de su sentido. Se vuelve más transaccional y práctica. La realización suele aparecer como un efecto de ese vínculo con lo externo, no como el premio a una eficiencia solitaria. Hay algo en la experiencia de aprender con otros que difícilmente ocurre en la soledad de una habitación.
Es cierto que seguiremos necesitando ingenieros que construyan puentes. Pero ¿qué tanto de eso requiere una destreza puntual que se puede aprender en un curso en línea y qué tanto algo más? La educación presencial guarda un valor que va más allá del contenido.
Más aun, en la era de la inteligencia artificial, cabe preguntarnos qué clase de vida queremos vivir. Sí, necesitaremos más ayuda de la tecnología y la IA abrirá nuevas formas de aprender. Pero ¿podremos sentirnos plenos si aprendemos y crecemos cada uno frente a su propia pantalla? En la educación experiencial, así como en la salud, se privilegia el encuentro, el trabajo compartido, la discusión real de problemas. Un curso en línea puede aportar, pero no basta.
Un artículo reciente de The Economist recuerda, apoyado en ideas de Iris Murdoch, que la satisfacción más genuina aparece cuando la atención se vuelca hacia el mundo y no se queda girando sobre uno mismo. Mirar hacia otros, hacia lo común, suele hacer más por nuestro bienestar que la optimización privada de la propia mente o que un libro de autoayuda. Ese giro hacia afuera ocurre en cosas simples: cuando un estudiante acompaña a otro en sus primeras semanas de clase o cuando un grupo hace voluntariado o comparte una obra de teatro por pura curiosidad. En esos momentos, casi sin notarlo, la atención se desplaza del “yo” al “nosotros”.
Por eso la universidad debe parecerse más a una gran ágora que a una plataforma, un lugar donde la tecnología amplía pero no reemplaza la experiencia de estar juntos. En su mejor versión, no es un simple proveedor de contenido. Es una tecnología social que conecta a los estudiantes con el mundo real y con otras personas; y donde el conocimiento se convierte en juicio, las habilidades en vocación y la ambición en algo que puede convivir con los demás.
Aprender es como esas tardes en que la brisa del Caribe entra por las ventanas abiertas y la conversación se alarga sin prisa. Allí, de forma inadvertida, algo en nosotros también aprende a ser un poco más humano.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Vicerrector académico, UTB.
