Richie Ray y Bobby Cruz se consagraron como reyes de la salsa entre finales de los 60 y mediados de los 70, gracias a éxitos que marcaron fiestas y pistas de baile, destacaron entre otros: Sonido Bestial, Agúzate, Jala Jala, Bomba Camará y La bomba de Navidad. La combinación del virtuosismo de Richie en el piano y la voz potente de Bobby los llevó a giras vibrantes por EE. UU., donde su música estremeció escenarios y congregó multitudes. El éxito, sin embargo, también los arrastró a excesos: alcohol, drogas y a un estilo de vida que terminó por pasarles factura.
Hacia 1974, tras una de esas noches de desenfreno, Richie vivió una experiencia epifánica que lo condujo a abrazar el cristianismo; poco después convenció a Bobby de seguir el mismo camino. Ese giro espiritual modificó su propuesta artística y su relación con el público: aunque el fervor masivo disminuyó, la dupla no perdió su estatus en la historia de la salsa. Con canciones como Los fariseos, se orientaron hacia un mensaje distinto, más explícitamente religioso y crítico, y se posicionaron en un nicho nuevo dentro del mercado musical sin renunciar a su legado.
La referencia bíblica en su obra remite a figuras conocidas desde la catequesis: fariseos, saduceos y escribas. En la tradición judía del Segundo Templo, los fariseos representaban una corriente popular que defendía la Ley escrita y una tradición oral interpretativa, creían en la resurrección y buscaban aplicar la norma a la vida cotidiana. Los saduceos, por el contrario, eran la élite sacerdotal, literalistas del Pentateuco, centrados en los rituales del Templo y con vínculos políticos con la ocupación romana. Los escribas -tecnócratas- actuaban como expertos legales y copistas.
Jesús mantuvo con esos grupos una relación compleja: debatió, confrontó y fue finalmente denunciado por una coalición de autoridades religiosas y políticas. La acusación de hipocresía contra los fariseos en los evangelios denuncia prácticas que privilegiaban la apariencia y los intereses por encima de la misericordia y la justicia.
Un episodio contemporáneo ilustra la persistencia de esas tensiones: la polémica frase del presidente Gustavo Petro sobre Jesús y María Magdalena provocó reacciones eclesiásticas y sociales, con denuncias de blasfemia y llamadas al respeto, pero también muchos silencios y relativizaciones. Ese mutismo institucional de las iglesias para condenar el exabrupto; pero especialmente la ambigüedad de sus líderes, puede interpretarse como una “sordera paradigmática” que privilegia creencias políticas por encima de las cristianas, por ejemplo: negaciones de la divinidad de Jesús que la tradición bíblica censura. Ante tal escenario, las alabanzas pierden sentido y adquieren el tinte de la hipocresía farisea. Esperamos todavía que sean muchos más los líderes religiosos que reflexionen y se manifiesten con firmeza.

