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Columna

Megalómanos

“La megalomanía es un ávido monstruo que deglute y exige admiración y adoración a cada segundo y que fallece...”.

CARMELO DUEÑAS CASTELL

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Con el tiempo había dejado de reconocer que su mayor alimento era la insaciable necesidad de reconocimiento histórico. Y esa falta de aceptación obnubilaba su mente en momentos trascendentales hasta hacerlo cometer absurdos errores cuando la verborrea superaba su otrora ponderada mesura. Haber pasado por décadas de frustraciones y derrotas hasta el máximo poder lo hicieron ambicionar la ilusoria cúspide de ser un mito viviente. Su ego estaba alimentado por la gloria y la necesidad de reconocimiento histórico. Lo anterior podría ser el análisis crítico de cualquier presidente de la actualidad. Sin embargo, esa megalomanía que describo se materializó en el mayor de los delirios, allá cerca de las alturas del Chimborazo donde, hace 200 años, se sintió vencedor de la naturaleza y en una blasfemia propia de los mesías del siglo XXI llegó a decir: “No hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la muerte”.

Es claro que no es nuevo esto de los delirios de grandeza o megalomanía en aquellos que han probado las mieles del poder. En nuestro libertador lo llevó a materializarla en un poema en prosa, de muy discutible calidad literaria. Sus trascendentales logros y gigantescas proezas quedaron opacadas en parte por su insaciable ansia de eternidad y poder.

La megalomanía es un ávido monstruo que deglute y exige admiración y adoración a cada segundo y que fallece en ese despeñadero que es la efímera fama. Y lo peor, se presenta al ocaso cuando abandonados de sus áulicos y viéndose ad-portas del inexorable trance de ceder o perder el poder, la insania de la obsesión por su legado los hace dar bandazos erráticos. El inexorable paso del tiempo desnuda sus flaquezas y debilidades. La sabiduría lo revela: “Dime qué presumes y te diré qué careces”. Cierto es que muchos, sino todos, habremos tenido episodios similares en que creemos ser mucho más de lo que la realidad inútilmente nos grita.

No pretendo iniciar un análisis del estado mental de nuestros actuales políticos. El más apropiado para ello, en estas mismas columnas, es el maestro Christian Ayola. Solo llamo la atención a los demás, míseros mortales, que evitando la sabia mesura optamos por una de dos peligrosas opciones extremas ante estos engendros del poder: seguirlos ciegamente en su orate y eterna búsqueda para que en su delirio nos arrastren a su inevitable final o, en el otro extremo, negamos sus triunfos y logros reales e, incapaces de reconocerlos, con nuestra tozudez solo lograremos ayudarlos a perpetuarse en el poder. El libertador, en medio de su delirio reconoció que el tiempo, más temprano que tarde, a todos los pone en su modesto sitio: “Menos que un punto a la presencia del infinito”.

*Profesor en la Universidad de Cartagena.

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