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Columna

Una verdadera odisea

“Todo ello contribuye a una experiencia miserable, que nos hace sentir que nuestro familiar de cuatro patas es una carga...”.

Enrique Del Río González

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En una era de mayor conciencia sobre el bienestar animal, con leyes que penalizan el maltrato y reconocen su importancia en la sociedad, es frustrante que las aerolíneas conviertan en una odisea el viajar con nuestras mascotas. Para muchas personas, un animal de compañía es un miembro insustituible de la familia y, como tal, el deseo de compartir un viaje no debería ser una carrera de obstáculos diseñada para castigar ese vínculo afectivo.

El problema es la caótica falta de uniformidad en las normativas. Cada aerolínea opera con reglas arbitrarias y contradictorias, incluso dentro de un mismo país. Lo que es válido para una es motivo de denegación para otra, lo que se convierte en un laberinto de incertidumbre. Esta cacofonía regulatoria se multiplica a nivel internacional, transformando la planificación de un viaje en un campo minado de burocracia y estrés, obligando al viajero a ser un experto en la letra pequeña de cada compañía.

La lista de exigencias es extensa y absurda. La reserva con 48 horas de antelación ignora la espontaneidad y las emergencias. El certificado veterinario se suma al carné de vacunación al día, la única medida realmente esencial. Si es mascota de soporte emocional, se exige otro certificado, a menudo con requisitos específicos de un psicólogo o psiquiatra, como si el afecto no fuera justificación suficiente. El guacal debe cumplir especificaciones milimétricas que varían, obligando a tener varios de estos o comprarlos de urgencia en el mismo aeropuerto; el bozal es obligatorio en muchos casos, generando ansiedad incluso cuando este es innecesario; y el pago, siempre el pago, una tarifa que se siente como una multa, un impuesto al afecto, pero que jamás se traduce en un mejor servicio.

Las humillaciones continúan a bordo, donde la empatía está ausente. La norma de que la mascota debe permanecer en el suelo, enjaulada y sin consuelo durante un vuelo que puede ser aterrador, es una muestra de crueldad. La bodega ha llegado incluso al colmo de matarlos, pues las restricciones de peso discriminan a las razas grandes y la prohibición de viajar en cabinas premium si el animal no es de compañía certificada añade exclusión y clasismo. Todo ello contribuye a una experiencia miserable, que nos hace sentir que nuestro familiar de cuatro patas es una carga tolerada a regañadientes.

Es lamentable que a estas alturas las aerolíneas sigan ancladas en una mentalidad obsoleta y mercantilista. Viajar con una mascota no debería ser un suplicio, sino un derecho. Urge que las autoridades aeronáuticas y las compañías trabajen en un estándar universal, lógico y empático que facilite el viaje en lugar de volverlo miserable. Porque hacer la vida más difícil, cuando se tiene el poder de hacerla más fácil, no es solo una mala política de servicio, sino una profunda falta de humanidad y una desconexión con la sociedad a la que sirven.

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