Leonardo Padura, el afamado y exitoso escritor, guionista y periodista cubano, quien a pesar de sus posiciones críticas frente a la realidad política, económica y social de la isla sigue viviendo en ella, me confesó en Cartagena que no puede dormir tranquilo.
Conversamos por más de media hora en una entrevista agendada por el equipo de prensa del reciente Hay Festival para analizar su más reciente libro, “Morir en la arena”, que refleja el destino lamentable y doloroso de una generación que ha vivido todo el proceso revolucionario en el que trabajó, se sacrificó, en el que creyó, pero que al final de su vida se encuentra en profundos niveles de pobreza.
Cada capítulo de esa novela daría razones suficientes para los desvelos de Padura, de todos los cubanos y de millones de personas en el mundo, pero, aunque pueden estar relacionadas, no son esas las que motivaron su espontánea y sentida revelación. En últimas, seguir viviendo en un barrio popular de La Habana es su decisión personal, motivada en la necesidad de estar muy cerca de esa realidad que lo alimenta como escritor.
Tampoco le quita el sueño que sus últimas cuatro novelas no hayan sido publicadas en Cuba, ni que en su país no sea entrevistado ni aparezca en la televisión oficial, porque a pesar de esa invisibilidad que le ha impuesto el sistema, admite que esta no llega a niveles de hostigamiento.
Padura define su obra literaria como esencialmente social, a la cual se pueden hacer todas las lecturas políticas, pero precisa que no es resultado de una militancia o ideología predominante en él, lo que le ha permitido seguir anclado en su Habana, con un fuerte sentido de pertenencia a su cultura, a su sociedad y a su barrio. Admite sin ambages que “Morir en la arena” es la crónica de una derrota, no solamente de una generación (la suya), sino también la de un proyecto que no ha podido garantizar que las personas que trabajaron y se sacrificaron, tengan la recompensa que deben tener.
En Cuba hay escasez de alimentos, de medicamentos, de transporte, de electricidad, pero la situación será más grave por la política de máxima presión que está aplicando el gobierno de los EE. UU, que pretende asfixiar al gobierno cubano para que haya cambios políticos. Le pregunté directamente si está contemplando abandonar finalmente Cuba para proteger a los suyos; su respuesta la transcribo sin interpretaciones: “Nunca digas nunca. No sé qué culpa pueda tener de las políticas cubanas una anciana de 97 años que es mi madre y que se va a ver afectada. Esto me crea un conflicto de sentimientos grande que no lo he resulto todavía, estoy pensándolo mucho. No puedo dejar detrás a mi madre, a mi suegra y a mi esposa, porque sería otra derrota. Eso no me deja dormir tranquilo; es una gran preocupación que me asalta”.
El escritor no teme declarar que el gobierno de Cuba debe hacer cambios profundos en sus políticas económicas, sociales, culturales y abrirse más a un ejercicio mayor de las libertades individuales, pero le resulta doloroso que esa presión venga de un personaje como Donald Trump y sus asesores oscuros, porque, en esencia, aunque quieran cambiar el sistema para que las cosas en la isla sean mejoren, “de todas maneras nos van a despreciar, como ya lo están haciendo con los latinos que viven en EE. UU., que están siendo perseguidos, deportados e intimidados por las políticas migratorias y por un creciente racismo y xenofobia que se ha desatado en ese país”.
