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Columna

Humildad y Felicidad

“Pidamos la virtud de la humildad y cultivémosla con prácticas de piedad que inviten a Dios a obrar...”.

JUDITH ARAÚJO DE PANIZA

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Las lecturas de hoy* subrayan la relación que, con sentido de eternidad, existe entre la humildad, como apertura a la acción de Dios, y la felicidad que se experimenta en los detalles concretos de la vida, cuando actuamos desde el bien y el amor, y que será plena en el cielo.

Quienes han sido humildes ante Dios y le han permitido actuar en su vida son llamados por Jesús bienaventurados, aunque carezcan de bienes, hayan sufrido dificultades o sean perseguidos por hacer y anunciar el bien. Al experimentar su acción, reciben ánimo y coraje para trabajar por la justicia y la paz, y para ser misericordiosos, porque ponen su esperanza en las promesas de Dios, que comienzan desde esta vida y se consuman en el cielo.

Las bienaventuranzas que nos plantea el Evangelio son una biografía de la manera de ser de Jesús, quien nos anima a imitarlo, a realizar con amor la voluntad del Padre en nuestras vidas: pobre de corazón, sin apegos, entregado al servicio, trabajador por la justicia y la paz, misericordioso, puro de corazón, sometiéndose como un manso cordero ante los hombres pecadores, para donarnos su vida por nuestra salvación.

María es llamada la más bienaventurada de las criaturas y se destacó de manera excelsa en la virtud de la humildad, permitiendo la acción de Dios en su vida.

La soberbia es creer que no necesitamos a Dios para salvarnos; es complacernos en nosotros mismos hasta no dejar espacio a su acción. El soberbio engrandece su ego, se centra en sí mismo y se pierde por falta de apertura a Dios. Pidamos la virtud de la humildad y cultivémosla con prácticas de piedad que inviten a Dios a obrar en nosotros, especialmente acogiendo al Espíritu Santo, para que nos llene de sabiduría divina y de su amor.

Jesús nos llama a ser felices y bienaventurados siempre, aun en medio de las dificultades y problemas. Cuando las atravesemos, animémonos a acercarnos más a Dios, y al experimentar su compañía, consuelo, guía y paz, ofreceremos todo para su gloria y empezaremos a vivir, en parte, la dicha eterna con su amor.

Ser humildes, decía Santa Teresa, es vernos tal cual somos; es estar en la verdad sobre nosotros mismos. No es para opacarnos ni para crear falsas modestias, sino para reconocer lo que somos ante Dios: Él, que puede ver nuestras intenciones, deseos, realidades internas; todo, con virtudes y defectos, necesitamos de su gracia, de su Espíritu Santo, para poder hacer el bien y aprender a amar.

Dios quiere nuestra verdadera felicidad, que obtenemos con nuestra alma en actitud de humildad, en comunión con Él: vivir en su paz, amor, misericordia y justicia. Él es la plenitud. Todo lo demás es añadidura.

*Sofonías 2, 3; 3, 12-13; 1 Corintios 1, 26-31; Mateo 5, 1-12a.

**Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.

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