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Columna

Cero susto

“La universidad, más que un trámite académico, es el lugar para descubrir ese sentido personal y profesional que permite atravesar...”.

JAVIER A. RAMOS ZAMBRANO

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“Cero susto”. La frase no salió de un libro de autoayuda, sino de la voz del rector de la Universidad Tecnológica de Bolívar, Alberto Roa Varelo, en la jornada de inducción a estudiantes que comienzan su vida universitaria. Una frase que podría ser el lema de cualquier joven que hoy pisa por primera vez un campus.

El mensaje, en una época donde la ansiedad y la incertidumbre parecen marcar el inicio de todo, es esencial para entender que la universidad no es un territorio de miedo, sino de transformación.

El rector habló de “construcción de autonomía”. No se refería a la edad, sino a la capacidad de dirigir la propia vida: pensar críticamente, comunicarse mejor, trabajar en equipo, aprender idiomas, disciplinar los sueños.

Sin embargo, no es un secreto que muchos jóvenes en el país llegan desmotivados a una universidad. No por incapacidad, sino por el contexto. Es una generación hiperconectada, pero sola, incierta sobre su futuro, acostumbrada a la gratificación inmediata. La primera mala nota o la primera dificultad pueden sentirse como pruebas de que “no se es suficiente”. Pero el problema de fondo suele ser otro: la ausencia de propósito.

Bien lo explicó el psiquiatra Viktor Frankl: la vida no se vuelve insoportable por las circunstancias, sino por la falta de significado. Cuando un joven no encuentra un “para qué”, cualquier obstáculo parece un muro. La universidad, más que un trámite académico, es el lugar para descubrir ese sentido personal y profesional que permite atravesar cualquier dificultad.

Agregó el rector que la autonomía es exigente, pero es “la mayor fuente de satisfacción, porque es reconciliación con uno mismo”. No significa estar solo: “Los llevamos de la mano (desde la universidad), pero tienen que ser capaces de soltarse”.

Esto va en línea con lo que la psicóloga Carol Dweck plantea desde la “mentalidad de crecimiento”: las capacidades no son fijas, se desarrollan. Un error no se puede mirar como una condena sino como información. El estudiante que progresa no es el que nunca falla, sino el que aprende de los tropiezos. La universidad es un laboratorio donde equivocarse forma parte del proceso.

El susto, el no dar el paso, a veces no deja comprender que la educación superior no solo transmite contenidos: crea conexiones, forma criterio, enseña a colaborar con quienes piensan distinto. Como decía Paulo Freire, la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo. Esa es la misión de quienes hoy empiezan.

A quien empieza una carrera hay que decirle “cero susto” porque dio el paso más importante. Entrar a la universidad no es demostrar lo que uno es, sino empezar a construir lo que puede llegar a ser. Y esa autonomía —la de decidir seguir, aprender y levantarse— es justo la que el mundo necesita.

*Director del área de Medios y Marketing y del programa de Comunicación Social de la Escuela de Transformación Digital, UTB.

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