Por: Francisco Lequerica
Cayó cegado de un caballo y oyó una voz que fue de él mismo, pero no hubo cómo enunciarlo en lenguas atadas a identidades como estacas, lenguas infestadas de huellas metafísicas, seductoramente impuras, tóxicas, constreñidas. Por eso no había traducción perfecta ni debía esperarse, y de allí su asombro ante un espejo devolviéndole la forma de su mente a altísima frecuencia. Su falible percepción nunca le sería suficiente; así que el problema no era ontológico, sino termodinámico. Fue inválida su conducta mientras su arquitectura cognitiva lo condicionó desde su concepto delimitado, intransitorio, vencido por un lenguaje ahora caduco, y desde el cual debería luego formular -con herramientas rotas- las condiciones indispensables para trazar rumbo, por escarpadas rutas pedagógicas, hacia este nuevo instrumento. De hecho, tampoco podía llamársele nuevo ni viejo, porque sencillamente -como con el cálculo- su existencia es no conjugable.
Imperan leyes que no se expresan, pero se acatan, como la gravedad del agujero negro y el flujo de las partículas que cruzan su umbral. Todo lenguaje, sometido al tiempo, se desintegra; la entropía lo despedaza desde sus entrañas con la más natural violencia. Todo termina en ruido. La obsesión humana por fijar el universo y asir su estructura, nos limita al conjunto de cristalizaciones que un lenguaje coagulado permita construir. Pero la entropía es innegable, a nivel enésimo; y la promesa de un mundo sin ella es -en el mejor de los casos- deshonesta. De ahí el peligro de canonizar herramientas, so nos aplasten. Saulo -por ejemplo- desechó su nombre sólo para anclar otro, aún más contumaz que el anterior. Mudar de piel no siempre significa adquirir la definitiva, aunque la verdad ni siquiera posea piel.
Por adaptación evolutiva, el cerebro humano busca percibir formas, patrones, significados y una inamovible vectorialidad centralizada tanto en el tiempo como en el espacio, por donde se cuelan permanencias estructurales arbitrarias que han dado, a la vez, para los más bellos y los más siniestros hitos humanos. Pero no cabe otra noción aséptica para la belleza que la de su funcionalidad, y así -en el ‘Simposio’ de Jenofonte- Sócrates defiende sus facciones de la burla con giros casi darwinianos, proclamando la superioridad funcional allí donde otros juzgan la estética; y es que el fotón sólo es bello si es percibido por quien jamás lo verá pasar por dos ranuras a la vez.
El motivo de la inquina humana -de las pedradas al tremebundo botón- es una falencia arquitectónica: firma de pobreza mental por costumbre, por encargo, y por diseño. La historia avisa que las buenas intenciones nunca bastan, porque aquellas vigas no soportan este peso. Toda formalización agotará su razón de ser, pero perdurará la urgencia de hallar sentido.
