Cuando Rodrigo de Bastidas se aproximaba a las costas de Karmairí (1501), pudo ver a lo lejos lo que parecía un gran navío navegando hacia el sur. Constataría después que en verdad se trataba de un caprichoso cerro que adornaba una enorme y segura bahía que podía ofrecer abrigo a las embarcaciones de los navegantes. El español exploraba las extensas costas del extraordinario mundo nuevo al que nueve años antes (1492), había llegado un coterráneo suyo, Cristobal Colón, en equivocado viaje que marcaría el inicio de un inédito capitulo en la historia de la humanidad.
La noticia sobre la existencia de aquella bahía adornada por el gran cerro llegó a los oídos de los monarcas españoles, quienes ordenaron se dispusiera toda la información sobre ese lugar que brindaba tantas posibilidades a los planes imperiales. Treinta y dos años después (1533) el conquistador madrileño Pedro de Heredia fundó una ciudad en los territorios observados por Bastidas al nacer el siglo XVI. Los mismos que habían sido despojados a sangre y fuego a los pueblos nativos Calamaríes que vivieron en ellos en franca armonía con la naturaleza. La nueva villa, que con el tiempo se convertiría en uno de los referentes más importantes de la Época Colonial, y cuyos 500 años de historia serán festejados en 2033, fue bautizada como Cartagena de Indias.
El accidente geográfico que Bastidas observó desde su navío en aquel tiempo remoto, se convirtió en el cerro tutelar de Cartagena. Bautizado como La Popa, su historia corre paralela a la de la ciudad y es también fascinante. Se eleva 150 metros sobre el nivel del mar y desde su cima, puede verse la Cartagena esplendorosa de hoy, pero también la marginal que clama ser reivindicada. En La Colonia indios nativos y negros esclavizados rendían tributo a sus dioses en la cima del cerro. Se cuenta que Buziriaco era el preferido. El cristianismo desbarató sus búsquedas espirituales construyendo un monasterio e implantando el culto a la Virgen de la Candelaria,
Pese a su estratégica ubicación y valor histórico, cultural y medioambiental, el Cerro de La Popa nunca fue realmente valorado en su magnitud por el liderazgo cartagenero. En la práctica se le dejó a la deriva y jamás se concretó un proyecto ambicioso de ciudad en ese incomparable territorio. Ahora luce invadido de marginalidad por todos sus costados, casi asfixiado. La semana pasada el alcalde Dumek Turbay le inauguró una nueva vía de acceso y entregó una cancha deportiva y un mirador. Nunca es tarde para empezar de nuevo.

