De pelao, en el Colegio de La Salle, allá en la meseta con vista perfecta a La Popa, aprendí que el verdadero espectáculo no siempre estaba en el tablero verde, lleno de tiza, paréntesis y raíces cuadradas, sino sobre nuestras cabezas. Mientras el maestro De La Nuez explicaba álgebra, mi atención a veces se escapaba por la ventana y se iba detrás de esos gallinazos que planeaban alto, dibujando círculos lentos y elegantes sobre la ciudad. Era enero, con brisas de verano recio, y yo me imaginaba volando con ellos, ligero, lejos del uniforme y de los exámenes, sin entender todavía por qué, justamente en ese mes, el cielo se llenaba más de esas sombras refinadas.
Por esos años, principios de los 80, sonaba en las radios una canción de Juan Piña que se nos pegó para siempre: ‘Golero desconfiado’. Hablaba del pájaro que vigila desde el aire y usaba la metáfora como retrato humano del hombre pícaro y sabio, que mira el mundo con distancia y se cuida para actuar en el momento justo.
La designación de la palabra golero para esa ave en el Caribe tiene un origen incierto; nadie sabe con certeza de dónde salió. Algunos sostienen que se deriva de ‘goler’, oler, en alusión al fuerte hedor del ave y su relación con la carroña: una etimología áspera, sensorial y muy costeña. Otros, según averiguaciones realizadas con ayuda de la IA, afirman que proviene del jugador de fútbol que cuida la portería, quien en el pasado vestía de negro, y que, por una suerte de magia popular que no estudian las academias, el nombre saltó del estadio al cielo. Así, el gallinazo, tal vez por el símil del color, terminó convirtiéndose en golero: otro especialista en esperar allí, donde termina la jugada o la vida.
Gonzalo Fernández de Oviedo, en el siglo XVI, ya había escrito sobre los buitres americanos con la pluma del cronista español. Los veía como aves ligadas a la muerte y la corrupción; para nosotros, además, son indicadores del clima y protagonistas silenciosos del paisaje.
Aquí la sabiduría campesina les otorgó, sin diplomas, un doctorado en meteorología. Dicen los viejos que en diciembre los goleros empiezan a volar más bajo, anunciando que llegó el verano, porque a ellos no les gusta el agua de lluvia. Recuerdo un día, estando con mi abuelo en su finca, viendo pasar uno de esos vuelos rasantes, que el mozo le dijo:
“Jo, Docto, ya viene el verano: los goleros están volando bajo”. Ahí entendí que, más que aves fúnebres, eran mensajeros del tiempo.
Por eso, en esta época de opiniones políticas, prefiero hablar del clima. Bienvivir el verano: la época donde la yuca sale harinosa y no ‘rucha’ porque no la ahoga el agua, en la que los goleros vuelan bajo, anunciando no solo la sequía, también un buen momento para detenerse, mirar alrededor y reflexionar sobre lo que viene.

